Agosto 29, XXII domingo ordinario: Mc 7,1-8.14-15.21-23 (Pureza).

Por P. Francisco Pérez Colunga, CSsR

Jesús exhorta a corregir el concepto que tenemos de ‘pureza’, entendida de modo muy superficial. Según él, nos fijamos en lo que menos importa y descuidamos lo fundamental de le ley: los deberes principales con Dios y con el prójimo, comenzando con la propia familia. ¿Cuál es el error de los fariseos? Cuidar la pureza física o externa, y descuidar las grandes obligaciones morales, por tener sucio el corazón, del cual nace lo bueno y lo malo. Jesús dice que, ante Dios, no es la apariencia lo que cuenta, sino la intención con que se hacen, o se dejan de hacer las cosas. Esta parte íntima de la persona es conocida sólo por él, y no deja escapar las injusticias a las que nos vamos acostumbrando. Jamás van separados el honor a Dios y la misericordia con los hermanos. Los fariseos se equivocan pensando que no hay inconveniente en llevar doble moral, pretendiendo engañar a Dios, precisamente el que ha hecho el corazón de cada uno. Él quiere pureza en el cuerpo y en el alma; en los detalles externos; pero mucho más, en las intenciones profundas del corazón. Lo externo es fácil de limpiarse; lo interno cuesta bastante, y no se logra sin comunión con Dios.

 

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