Los misioneros redentoristas bajo la acción del Espíritu Santo se esfuerzan en llegar a la donación total de su ser para hacerse ellos mismos, por Cristo, respuesta de amor al Señor “que los amó primero” (1 Jn 4,10). Esta respuesta la expresan por la profesión de los votos de castidad, pobreza y obediencia.

El redentorista vive con alegría y gratitud el misterio de la vocación, con la certeza de que no hay nada más bello en la vida que pertenecer para siempre y con todo el corazón a Dios, y dar la vida al servicio de los hermanos (Cfr. Papa Francisco, 11 de abril de 2015).

Los misioneros redentoristas acrecentamos nuestra comunión con Dios orando de manera comunitaria. Orar juntos alimenta nuestra vida espiritual con mayor abundancia, estimula el encuentro personal con el Redentor, expresa la intención de perseverar en un mismo espíritu, y fomenta nuestro ardor por ser esperanza entre los más abandonados.

El redentorista vive con alegría y gratitud el misterio de la vocación, con la certeza de que no hay nada más bello en la vida que pertenecer para siempre y con todo el corazón a Dios, y dar la vida al servicio de los hermanos (Cfr. Papa Francisco, 11 de abril de 2015).

Los redentoristas compartimos juntos decisiones, trabajos y sufrimientos, triunfos y fracasos. Buscamos siempre expresarnos con actitudes concretas nuestra amistad. Y en el amor recíproco construimos un hogar donde se respeta y se promueve la dignidad de cada uno. De esta manera, nos hacemos auténticos seguidores de Cristo.

Los redentoristas intensificamos nuestra labor misionera a través de un plan concreto de vida comunitaria. Según las propias actitudes y capacidades, nos esforzamos en llevar adelante su realización, programando y evaluando adecuadamente. Así, elevamos la calidad en el servicio a los más abandonados, nos hacemos sembradores efectivos de esperanza, y les participamos de manera clara la alegría del Evangelio que vivimos.