Agosto 26, 2021

Por P. Francisco Pérez Colunga, CSsR

Jueves
 
Señor, estamos ante ti con la intención de progresar en el conocimiento de tu palabra, que es Espíritu y vida para cuantos la aceptan. Nos has advertido acerca de las muchas maneras en que el mundo somete a prueba nuestra fe en ti. Una de las más frecuentes es el ofrecimiento de tantas cosas atrayentes a los cinco sentidos, tantas que no hay dinero para tenerlas todas, pero es lo que casi nos impone el mercado. Los judíos habían hecho contigo algo semejante, cuando te citaron el maná como un prodigio insuperable en la historia de Israel. Confrontándote con aquel maná, no tuviste miedo de decir que aquella comida no había bajado del cielo, porque el único que ha bajado del cielo eres tú. Por esta claridad con que hablabas te quisieron matar desde el comienzo de tu ministerio. Pero nada ni nadie pudo controlar cuanto hacías y decías. No te importaba proteger la vida, con tal de anunciar la voluntad del Padre, al que obedeciste hasta la muerte. Para nosotros, cada día que pasa es una prueba más a la que nos somete la vida cotidiana, más marcada, en general por ofertas que nos degradan como personas, por falta de capacidad para utilizarlas con acierto.
Todo se convierte, de repente, en un círculo vicioso del que parece imposible salir. Entre más pobres económicamente, más ofertas de cosas superficiales nos llegan, y sentimos en el alma no poder adquirirlas. Es el círculo vicioso que has hecho contemplar a Juan, en Apocalipsis 13. ¡Ay del que quiera salirse! Lo marcan con un sello para que nadie más le compre ni le venda. Así funciona el movimiento normal del mundo. Tú has dicho, en cambio, que ese círculo se puede y tiene que romper. De lo contrario, esteremos girando siempre en torno al mismo lugar, sin avanzar hacia el cielo que nos has prometido. Tu palabra, y nada más ella, nos concede la sabiduría y valor necesarios para hacer frente al pensamiento y técnicas alienantes del mundo, siempre amado por ti. No tendría que haber oposición entre tu persona como el pan verdadero y el maná conocido por el mundo. Éste está orientado al primero. Esta oposición la hemos hecho nosotros, dando valor a lo que carece de él e ignorando la fuente generadora de la vida jamás vencida por la muerte.
 

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