JULIO 31, XVIII domingo ordinario: Lucas 12,13-21.

Por P. Francisco Pérez Colunga, CSsR

Aprovechando una petición hecha a Jesús para que intervenga en la repartición de una herencia, él hace una declaración de validez general: los bienes materiales son incapaces de asegurar la vida; sólo en Dios está segura. Es normal en los evangelios que de un caso particular se pase a una enseñanza teológica obligatoria para todo el que se considere discípulo de Jesús. La petición parece justa, pero Jesús interpreta las palabras del solicitante como expresión de avaricia y le aclara que ese asunto nada tiene que ver con él. Aquí es donde su palabra rompe con la estructura normal del pensamiento y crea lo que se ha llamado ‘experiencias límite’. El evangelio cuestiona nuestra vida entera. La enseñanza moral es iluminada con una parábola que hace ver el error de amontonar riqueza sin saber para qué ni para quién. El objetivo de la vida no es comer, beber, descansar, entregarse a los placeres; es hacerse ricos de Dios. Queda sin respuesta la pregunta: ¿Para quién será lo que has juntado? El mismo que atesora no lo sabe. Las cosas materiales fácilmente se constituyen en ídolos que vuelven ciego al hombre para que no vea dónde está el verdadero sentido de la vida. Jesús nos dice que ese sentido está en Dios solamente. 

En otro contexto tenemos una oposición paralela al texto de hoy. Es Lc 1,53: ‘Los que padecen hambre’ – ‘Los que almacenan riquezas’. Dios se encarga de invertir las situaciones humanas marcadas por la injusticia (1,53). Es una locura atesorar bienes materiales prescindiendo de la única riqueza que todos tendríamos que buscar: Dios. Utilizando la oposición entre bienes materiales y espirituales Jesús dice en Lc 12,33: ‘Amontonen tesoros en el cielo, donde la polilla no corroe ni el ladrón puede robar’. 

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