3. Significado del icono

A.- El nombre: Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.

 

Virgen del Perpetuo Socorro.

 

En muchos pasajes leemos afirmaciones acerca de Dios como socorro perpetuo de los que honran su nombre; entre las más famosas del Antiguo Testamento citamos el Salmo 136 (135, Septuaginta), donde el hagiógrafo no terminaría nunca de enumerar los motivos por los cuales el Señor merece ser alabado continuamente por los seres vivientes, de los humanos en primer lugar. En el Nuevo Testamento Jesús es la encarnación personal del Dios de Israel, cuyo socorro perpetuo se extiende ahora sobre todos los habitantes de la tierra, por el Espíritu Santo enviado al mundo entero en el momento de su resurrección (Apocalipsis 5,6). A Jesús se dirigió mucha gente gritando con ardiente fe: ‘Señor, socórrenos’, danos tu auxilio, ten misericordia (Mt 9,27; 15,22; 17,15; 20,30…). Él quiere ser implorado con una aclamación que nazca de la fe sincera en su persona.

Llamar a María ‘Perpetuo Socorro’ es continuar aquella tradición sagrada que ella conoció cuando, muy probablemente, oyó el grito de los que pedían con urgencia la intervención de Jesús. De acuerdo con los evangelios, ninguno lo invocó en vano. Más bien se citan ejemplos contrarios, es decir, gente curada sin merecerlo y sin agradecerle. Los sentimientos de Jesús fueron los mismos de María, y viceversa: humanamente hablando, él heredó de ella el amor incondicional a todos, sobre todo a los que más sufren las injusticias de sus hermanos. ¡Madre del Perpetuo Socorro! Que no te busquemos sólo en los momentos difíciles, en los que tú te adelantas a darnos la mano. Que recordemos bien el dicho: ‘Para recibir, también hay que dar’. No es justo que pidamos, a Dios o a la gente, sin la intención de agradecer como es debido. Y la manera más justa de agradecer es tratar a los demás con el mismo amor que hemos recibido primero. De no ser así, seguimos practicando la justicia del mundo, donde sólo al que tiene se le da más y más. Es la justicia de Dios la que debemos conocer y practicar (Mt 6,33), como lo hizo María. Nosotros la llamamos ‘Perpetuo Socorro’ porque nos ayuda a comprenderla y a vivirla.

 

B.- La abreviación ‘Madre de Dios’.

 

La abreviación ‘mr – tu’.

 

Que una mujer sea ‘madre de Dios’ es título que parece de película. En efecto, hay muchas películas que utilizan muy bien este título, tan desarrollado en la antigua literatura griega. Con razón aparecieron muy pronto las herejías mariológicas dentro, y sobre todo fuera, de las primeras comunidades cristianas, tantas que la Iglesia tuvo que proclamar con toda solemnidad que María es Virgen y Madre de Dios, proclamación tomada de los evangelios. Esto ocurrió en el siglo V. La herejía, en general, siempre ha existido, desafortunadamente, relacionada con Jesús, con María, con la Iglesia; en síntesis, contra la fe cristiana, pues oponerse a uno de sus fundamentos es destruirlo todo. Con otros nombres, o presentadas de otras maneras, las herejías se han multiplicado mucho en los últimos tiempos, propiciadas por el fuerte avance de las ciencias humanas, al que la teología cristiana, por las causas que sean, no ha podido o no ha sabido hacer contrapeso. La proclamación del reino de los cielos requiere de una cantidad innumerable de formas pastorales que respondan al sinfín de situaciones por las que pasan las personas y las comunidades. Las herejías son propiciadas, sobre todo, por la escasa o nula influencia de los cristianos en la sociedad, pues no logramos ser levadura que haga fermentar toda la masa.

 

Oración.

Madre del Perpetuo Socorro, madre de Dios y madre espiritual nuestra, por voluntad suya; que nos presentemos ante la sociedad como auténticos hijos tuyos, viviendo nuestra fe bien convencidos de ella y no llenos de duda, miedo y confusión. Que sepamos dar buena razón de nuestra fe a quien nos pregunte por ella, dejando fuera las formas que sirvieron en otro tiempo y que no han sido renovadas mediante la confrontación crítica y positiva con la descripción que hacen de ti los evangelios. Junto con esta actualización teológica, fruto de la reflexión permanente de la palabra de Dios, sea fortalecido nuestro modo cotidiano de acercarnos a ti, evitando siempre la contradicción entre lo que hacemos y lo que decimos. Se suele decir: el testimonio vale mucho más que las palabras; o bien: el ejemplo arrastra y las palabras son llevadas por el viento. Nuestra conducta diaria es el arma más poderosa para hacer frente a las ofensas proferidas contra ti. Danos fuerza a la hora de enfrentar las experiencias adversas que pueden debilitar o aniquilar nuestra vida espiritual. Aunque llenos de limitaciones y de temores, seguimos avanzando hacia el pleno encuentro contigo en el cielo.

 

C.- El nombre (IS XS) del niño (Iesóus Xristós): Jesucristo.

 

El nombre (IS XS) del niño (Iesóus Xristós): Jesucristo.

 

¿Forma gramatical del nombre (Jesucristo) empleada en el icono del Perpetuo Socorro? La forma griega frecuente en los evangelios es: Jesús Cristo (Iesoús Xristós). El artista ha juntado los dos nombres, abreviándolos al mismo tiempo: ‘ISXS’. El que contempla la imagen tiene elementos de sobra para saber que la mujer es María y que el niño es Jesucristo. Sin embargo, el artista ha querido hacer explícitos los nombres, el de la Virgen y el de su Hijo, el redentor. Así elimina toda duda y ambigüedad. Ha sabido combinar en su obra dos aspectos difíciles de juntar; primero, la ternura característica de la madre, llevando su hijo en los brazos; segundo, el aspecto doloroso de la redención, experimentado desde la infancia. El icono es síntesis gráfica de la Escritura, y tal síntesis se concentra en la persona de Jesús y de María, contemplados por los cristianos en una escena que abarca toda la vida, desde el nacimiento hasta la muerte, desde la infancia hasta la cruz, ni más ni menos como los presentan los evangelios.

¿Quién puso al niño el nombre de Jesús? Sus padres (José y María) por orden del ángel. Leemos en (Mateo 1,21a): María ‘Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús’.  Corresponde a José poner el nombre al niño, según la costumbre. El ejemplo más cercano es Juan, hijo de Zacarías e Isabel. Los parientes y vecinos pueden sugerir (Lc 1,59-61), pero la última palabra es del padre (1,63). Es también el caso de José. A pesar de que él no recibe sugerencias, el ángel le reconoce tal derecho, dándole la orden: ‘Le pondrás por nombre Jesús’. La pregunta espontánea es: ¿por qué este nombre? De acuerdo con su etimología hebrea: ‘Yahveh es salvación’. La salvación de Dios iniciada en el AT era sólo el principio de la obra maravillosa consumada en Jesucristo. Según Lucas (1,31) es María quien pone al niño el nombre, también por orden del ángel: ‘Vas a concebir, darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús’. Hay en el AT anuncios de nacimientos de hijos en circunstancias muy particulares. Uno de ellos es Génesis 16,11: ‘El ángel del Señor concluyó: ‘Mira, estás encinta; darás a luz un hijo y lo llamarás Ismael, porque el Señor te ha escuchado en la aflicción’. En la semejanza se manifiesta también la diferencia. El anuncio del ángel a María tiene antecedentes en el AT, pero sólo en la forma externa y reducido el contacto a lo mínimo. Analizando el contenido y, sobre todo, el contexto, descubrimos lo especial de Lucas 1,31. Las situaciones en nada se parecen. Jesús no nace en medio de un conflicto familiar ocasionado por celos de mujeres (Génesis 16,11). Tampoco es regalo de Dios a una pareja estéril (Jueces 13,2-4); o bien, según leemos en Isaías 7,14, signo enviado por Dios a un rey que desconfía de él, para asegurar la sucesión de David. El ambiente en que es anunciado y nace Jesús es descrito desde el principio por los evangelios, sobre todo Mateo y Lucas, como pura iniciativa divina.

 

D.- Los arcángeles Miguel y Gabriel, y su relación con Jesús y María.

 

  • Con Jesús.

 

Los arcángeles Miguel y Gabriel, y su relación con Jesús.

 

La palabra ‘ángel’ aparece 175 veces en el Nuevo Testamento, de las cuales el 95 por ciento, o más, se refiere a personajes del cielo y no a mensajeros ordinarios. Sea suficiente citar tres ejemplos de relación explícita con Jesús. El primero, Mateo 28,5: ‘El ángel dijo a las mujeres: No tengan miedo. Ya sé que buscan a Jesús, el crucificado’. Imposible reconocer al resucitado sin la ayuda del cielo, representado por el ángel. Gracias a él se da la identificación, en la que también hay un proceso, pues no todo se comprende en el instante (Mt 28,8). Algo parecido observamos en Juan 20,12: ‘María vio dos ángeles vestidos de blanco sentados uno a la cabecera y otro a los pies, en el lugar donde había sido colocado el cuerpo de Jesús’. Los ángeles preparan a María para el encuentro personal con Jesús resucitado, que se da a continuación (20,14-18). Al mismo tiempo que se revela, el mundo trascendente proporciona a la persona humana lo necesario para el intercambio de palabras y de signos. Citemos un tercer caso, Lucas 2,21: ‘Al cumplirse los ocho días, cuando tocaba circuncidar al niño, le pusieron el nombre de Jesús, como dijo el ángel antes de su concepción’. El narrador da testimonio de que los padres de Jesús obedecieron la orden del ángel al darles el nombre que llevaría el niño, a José según Mt 1,21; y a María según Lc 1,31. Los ángeles son los intermediarios normales entre el mundo divino y el humano, como vemos desde el principio de la Escritura.

 

  • Con María.

 

Los arcángeles Miguel y Gabriel, y su relación con María.

 

La relación de los ángeles con María cuenta con menos testimonios, por razones obvias. De ella no se habla tanto como de Jesús. Sin embargo, mencionemos tres ejemplos de los más explícitos; el primero, Mateo 1,20: ‘Mientras pensaba en esto, se le apareció en sueños el ángel del Señor, y le dijo: José, hijo de David, no temas llevarte contigo a María, tu esposa, porque el niño que lleva en su seno viene del Espíritu Santo’. El ángel habla con José, pero acerca de María, para mantener la unidad del matrimonio. En la revelación a María (Lc 1,26-38) el ángel es citado tres veces dialogando con ella. En los dos, José y María, el ángel encuentra disposición total para colaborar en el cumplimiento de la voluntad de Dios, aunque la forma sea diferente, silenciosa en José y explícita en María.

Lejos de parecer extraño, lo más lógico es ver los ángeles en el icono de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, pues ellos son personajes presentes en la tradición escrita, desde el comienzo hasta el fin (Génesis 16,7; Apocalipsis 22,16). Sin su intervención no hubiera sido posible comprender cuanto se refiere a Jesús y a María.

 

E.- Relación de los instrumentos de la pasión con el niño y con su madre.

 

Relación de los instrumentos de la pasión con el niño y con su madre.

 

Según Mateo 1-2, apenas nacido, Jesús ya está en conflicto, y conflicto de muerte, porque Herodes lo quiere matar (Mt 2,13). ¿No es esto experiencia de pasión? El niño tiene que ser protegido por la divinidad (Mt 2,13), pues José es demasiado débil para enfrentarse solo con Herodes. El Señor no pone en riesgo la vida del mundo cediendo al capricho de Herodes, que ve en Jesús un rival.

En Lucas 1-2, Jesús experimenta la pasión de otra manera, siendo niño. Sus padres tienen que hacer un penoso viaje de Nazaret a Belén, estando ella embarazada. Su sufrimiento se completa al dar a luz en un pesebre, por no haber lugar para ellos en la posada. Igual que en Mateo, los padres de Jesús sufren la pasión por él. Lucas, en cierto sentido, acentúa más que Mateo el aspecto doloroso de la infancia de Jesús. Pensemos en las palabras de Simeón (Lc 2,25-35). Él dice que el niño será causa de confrontación de los hombres con Dios y de los hombres entre ellos. Es un modo de decir que el conflicto marcará toda la vida del niño. A María le dice: ‘Una espada atravesará tu alma’ (Lc 2,35). No puede ser más explícita la alusión a la pasión.

En Juan 19,25-27 leemos cómo María contempla la muerte de Jesús. En efecto, una espada atraviesa su alma (Lc 2,35). La pasión de Jesús recorre, en realidad, toda su vida. La tensión entre él y el mundo va de menos a más, hasta terminar en su crucifixión.

 

Oración.

Madre del Perpetuo Socorro, más que contemplar tu icono como expresión de arte, lo cual nunca deja de cautivarnos, quisiéramos comprender muy bien su significado, pues una cosa es admirarlo igual que tantos objetos que atraen nuestra atención; y otra, valorar suficientemente lo signos de fe que lo forman. Queremos que nuestra vida sea retrato fiel de la tuya, a la vez auténtico retrato de la de Jesús. Sabemos que nos falta mucho, pero en este propósito deseamos mantenernos, sin que nos domine la corrupción del mundo, que convence a tantos con enorme facilidad. Tú, acompañando siempre, y muy de cerca, a Jesús, compartiste su pasión desde el comienzo hasta el final de su vida, haciendo efectivas las palabras de Simeón (Lc 2,35). Enséñanos a amar el sacrificio exigido por la evangelización del mundo, puesto que no tiene otro camino de salvación prescindiendo de ti, que llevas el nombre (Perpetuo Socorro) de lo que es él para todos los habitantes de la tierra: socorro, misericordia, salvación.

 

F.- Relación de la corona con la Madre y el Hijo.

 

La corona en la cabeza de la Madre y del Hijo.

 

Hay una relación de oposición entre Jesús como Rey y los reyes de este mundo, que gozan humillándolo. ¿Por qué alargar la tortura si Jesús ya estaba sentenciado a muerte (Mt 27,26)? Lo más natural hubiera sido llevarlo inmediatamente a la crucifixión (Mt 27,31). La escena de la burla (Mt 27,27-30 y paralelos) no es exclusiva de la pasión de Jesús. Es frecuente que los verdugos gocen viendo sufrir al condenado. En el caso de Jesús, la descripción de su tortura tiene la finalidad de explicar al lector la peor degradación de la humanidad, que se convierte en juez del Señor que le ha dado la vida. De esta manera, el juzgado por ella como reo de muerte aparece luego triunfante, invirtiéndose de tal manera los papeles que, resulta cierto lo que antes se decía y hacía como burla: Jesús es el verdadero y único Rey, que está por encima de la muerte. Lo exclusivo de la corona de Jesús es que nunca antes, en el Antiguo Testamento, se ha citado una corona de espinas.

Todos los sentidos figurados positivos antes mencionados se concentran en la corona de Jesús, que da razón de la corona en la cabeza de su madre. Fuera de él, sin excepción, todas las coronas puestas por el mundo son símbolo de prepotencia y despotismo. La corona de Jesús alcanza el máximo significado cuando él está en su peor degradación humana como rey, o sea en el momento menos esperado. Es un rey paradójico; pero, por fortuna de la humanidad, no hay otro. En la cabeza de Jesús, la corona tiene sentido propio y figurado; es real y simbólica. En María, la corona es más simbólica que real, o sea que domina en ella el sentido figurado.

El significado real y figurado de la corona también existe entre nosotros, pues tenemos expresiones idénticas o parecidas a la de Job 19,9: ‘El Señor me ha despojado de mi honor y me ha quitado la corona de la cabeza’ (19,9). Con éstas u otras palabras, lo decimos cuando perdemos algo o a alguien muy estimado. Lo mismo sucede con el sentido real, porque la corona de Jesús concentra los dos sentidos, por ser física y simbólica. Nadie tan humillado como él y, al mismo tiempo, nadie tan poderoso. Su forma de aceptar la corona nos muestra la manera de sufrir a causa del amor a Dios y a nuestros hermanos; nos anima en nuestro apostolado misionero haciéndonos contemplar la gloria que nos espera. La experiencia de Jesús soportando la corona no tiene paralelo, ni gramatical ni figurado. Además, en la experiencia suya se inspira la corona de María compartiendo, fundamentalmente, su sentido.

 

Oración.

Señora, todos, o muchos, quisiéramos llevar corona, pero eliminando el aspecto doloroso que representa. La ambición de grandeza nos hace pensar y cometer muchas acciones injustas, en perjuicio del prójimo. Sólo queremos gozar y vivir sin que nada nos cueste. Es la ideología que ha llenado todos los espacios de las personas y comunidades. Ayúdanos a conocer y asimilar el sacrificio sin el cual no puede haber gloria, ya que Jesús es el modelo exclusivo de nuestra perfección humana. Que no sintamos envidia de la corona ficticia de los poderosos del mundo, con frecuencia no ganada a base de méritos, sino robada a quien debería llevarla, pues nos has enseñado que el servicio desinteresado es la única forma de hacernos amigos tuyos y compartir tu victoria sobre el pecado y la muerte. Los modos ordinarios del mundo, donde el poder se consigue humillando a los débiles, en nada se parecen a los inspirados en la vida de Jesús. Deseamos imitar tu estilo, idéntico al de tu Hijo. No nos dejes solos en este intento. Eres la que nos ha impulsado a hacerlo propio. Danos, pues, fuerza para lograrlo.

 

G.- Las piedras preciosas en la corona de la Virgen.

 

Las piedras preciosas en la corona de la Virgen.

 

La hermosura de las piedras representa la hermosura y valor de la vida ante Dios. Alternando escenas en la tierra y en el cielo, el autor nos hace contemplar la alegría en el cielo (Apocalipsis 19). Estando en el cielo, la esposa del Cordero no puede llamarse ‘novia’ (nímfe) sino esposa, porque ya es su mujer (giné). Esta mujer es la comunidad de Jesús, preparada por él, regalándole el vestido de lino esplendente, símbolo de las buenas acciones de los cristianos. El autor introduce, entre paréntesis, esta exhortación a una vida agradable a Dios: ‘El lino representa las buenas acciones de los santos’ (19,8). Por ‘buenas acciones’ se entiende todo lo que da gloria a Dios y sirve al progreso de las personas. Si este objetivo no se cumple, estamos sirviendo al demonio y a la muerte, atrayendo maldición y destrucción en vez de bendición. La vida presente es oportunidad irrepetible para preparar la entrada a la nueva ciudad, al banquete del Cordero, invitados por él.

Madre del Perpetuo Socorro, que pensemos mucho en la riqueza del cielo, al contemplar tu adorno con piedras preciosas.  Ojalá nunca olvidemos que, precisamente por su hermosura, no podemos pasar por la puerta de la nueva ciudad llevando vestido sucio e indigno de la fiesta. Sólo con verlas nos sintamos exhortados a una vida pura, perfecta y santa, a semejanza de Dios y del Cordero. Toda clase de pecado mancha el vestido blanco que nos regaló Jesús al ser bautizados. Madre nuestra, que podamos conservarlo blanco y limpio para estar en la fiesta del cielo (Ap 3,5), haciendo todo y sólo lo agradable a Dios, siguiendo el ejemplo tuyo, que es el de Jesús.

 

H.- La estrella en la frente de la Virgen.

 

La estrella en la frente de la Virgen.

 

La vida y la luz de los tres astros principales, el sol, la luna y las estrellas, es tan conocida por los habitantes del mundo, que es puesta como base para explicar el destino final de buenos y malos. Describiendo la suerte de los enemigos del reino de Dios, Judas los compara con estrellas fugaces que acabarán en la oscuridad (1,13). Los impíos pecadores ya están sentenciados a muerte por el Señor, sin esperanza de vida. La comparación con estrellas fugaces se explica por oposición a las estrellas fijas, con luz permanente, símbolo de los justos.

Una estrella anuncia la llegada del salvador (Números 24,17) y lo da a conocer en su nacimiento (Mateo 2,2). Sin el aviso del cielo, la humanidad jamás lo hubiera conocido. Jesús, el Cristo, es el centro absoluto de la creación. Él lo demuestra teniendo en su mano derecha siete estrellas (Apocalipsis 1,6), signo de su poder sobre el mundo material y, en especial, sobre su nueva familia, a la que brinda confianza y seguridad en medio de la tribulación. Promete una recompensa a los que venzan la tentación, y tal recompensa es una estrella (Ap 2,28), que al final coincide con él (Ap 22,16): él es la recompensa. Con la estrella en la frente, la Virgen muestra su exclusiva relación con Cristo Jesús, del cual es madre y discípula a la vez. Todos gozamos de la fraternidad con Jesús y de la maternidad de María, pero no en el mismo grado. La relación entre ellos es privilegio único.

 

Oración.

Madre del Perpetuo Socorro, estando en el cielo estás igualmente cerca de nosotros, lo mismo que la luz del sol, la luna y las estrellas, ejerciendo sobre nosotros tu influencia siempre positiva, pues no dejas de orientar nuestra vida hacia Jesús. Así como los tres astros son citados juntos muchas veces, por ser los más visibles representantes de la vida, tú eres inseparable de Jesús como él de ti. Llevas en la frente una estrella y él también se identifica con una estrella (Ap 22,16). En consecuencia, esta comunión de luz y de vida no puede ser más perfecta. Nosotros compartimos esa luz, y somos llamados ‘estrellas’ (Ap 1,20), nombre que adelanta el lugar que nos tienes reservado en el cielo, junto a ti y junto a Jesús.

Sabemos muy bien que podemos perder el nombre de ‘estrellas’, quedándonos sin la luz de la gracia procedente del cielo. Y esto no es sólo posibilidad; es experiencia real en nuestra vida. No queremos ni acordarnos de las veces que hemos perdido el rumbo y hemos tomado como nuestro sol o nuestra estrella las cosas, personas o ideas de la tierra, que hoy viven y mañana mueren, porque las han impuesto los que carecen de la luz segura y permanente (Judas 1,13), por estar demasiado apegados a los bienes de abajo (Colosenses 3,1). Danos, Señora, claridad mental suficiente para no dejarnos guiar por cualquier estrella, sino tener la vista fija en la luz descendente del cielo, concentrada en la palabra y signos de Jesucristo, fuera del cual existe solamente el dominio de las tinieblas, del pecado y de la muerte. Que jamás seamos como las estrellas que se han apagado; al contrario, seamos como los astros cada día más poderosos, que transforman todo con su luz.

 

I.- Los colores.

 

  • Amarillo.   

 

El color amarillo en el icono de la Virgen del Perpetuo Socorro.

 

El color amarillo que sirve de fondo a la imagen del Perpetuo Socorro es símbolo del sol, de la luz y de la vida, tres elementos inseparables, porque representan lo primero que hace Dios al revelarse: crear vida, transmitirla, comenzando con la creación del mundo, por medio de su palabra, Jesucristo, medio y objetivo de la misma creación; medio, porque él fue la palabra pronunciada al principio (Génesis 1,3a) para que todo viniera a la existencia. María no es preexistente como Jesucristo, palabra de Dios; pero él pensó en ella desde que Adán pecó. El sol, apenas creado (Génesis 1,3.15-18), se convertiría en su vestido (Apocalipsis 12,1), por ser el máximo símbolo de la vida y de la luz.

 

  • Rojo.

 

El color rojo en el icono de la Virgen del Perpetuo Socorro.

 

¿Por qué es rojo el vestido de la Virgen? La respuesta está prácticamente toda en el Nuevo Testamento. El color del vestido es ‘rojo’ por ser símbolo de ‘vida’, ‘sangre’, ‘fuego’, ‘Espíritu Santo’. El simbolismo bíblico del color ‘rojo’ coincide con el nuestro. Significa vida, sangre y fuego; sobre todo, es símbolo del Espíritu Santo, autor de la vida. Él comunica la vida a María haciendo fecundo su vientre, para que de ella nazca Jesús, nuestro redentor.

Lo leemos en los evangelios. Los más explícitos son Mateo y Lucas, en los relatos de la infancia (Mt 1-2; Lc 1-2). En el vestido rojo de la Virgen del Perpetuo Socorro, el simbolismo cromático se ha puesto al servicio de la teología, porque tiene un vestido que simboliza la vida, es decir, la sangre de Jesús, su Espíritu y sus sacramentos, en especial la eucaristía (Juan 6).

 

  • Verde.

 

El color verde en el icono de la Virgen del Perpetuo Socorro.

 

El verde del manto de la imagen del Perpetuo Socorro expresa un simbolismo totalmente bíblico. María lleva el color que ninguna otra mujer puede llevar, porque es exclusiva su relación con Dios, generador de vida comunicada al mundo por medio de la madre preparada por él desde la creación del mundo (Génesis 3,15). No es casualidad el color verde del manto de la Virgen del Perpetuo Socorro. Los textos bíblicos concuerdan en que el significado normal del verde es la vida, por su relación con la hierba, los árboles y el alimento que proporcionan. El texto más explícito es Génesis 1,30, al que hacen referencia los evangelios, en especial Marcos 6,39 y Juan 6,10.

 

J.- La sandalia cayéndose.

 

La sandalia (ipódema) cayéndose.

 

El sustantivo ‘sandalia’ (ipódema) es un contacto general entre el Antiguo y Nuevo Testamento. Tienen especial importancia los pasajes de Deuteronomio 25 y Rut 4, por ser los que nos proporcionan la interpretación correcta de la sandalia colgando. El primero (Deuteronomio) es la legislación de Moisés, dada al pueblo por mandato del Señor; el segundo (Rut) es un caso concreto, resuelto felizmente. El detalle de la sandalia tiene que ver con ambos testamentos; con el Antiguo, porque encontramos la explicación de su significado (Deuteronomio y Rut); con el Nuevo, por su relación explícita con Jesús y con María. Jesús jamás duda de su misión, conociendo su aspecto doloroso. Siente temor cuando llega el momento, pero no vacila. Al contrario, pide a su Padre que se haga su voluntad (Mt 26,39). Hay aceptación consciente, libre y amorosa del plan de Dios sobre él. Jesús dice muchas veces que su mayor satisfacción consiste en obedecer a su Padre. Y esta sumisión a su voluntad se expresa de modo explícito cuando es más urgente: en el momento de la pasión y muerte.

La imagen del Perpetuo Socorro presenta a Jesús niño y adulto; niño, porque está en brazos de su madre; adulto, porque contempla los signos de la muerte que le espera, símbolos de su vida entera, vivida como pasión por su enfrentamiento con el pecado del mundo, sobre el que triunfa a medida que lo denuncia y perdona, hasta llegar a la expresión máxima de este triunfo: su resurrección personal, garantía de la nuestra. La palabra ‘alianza’ recorre la Escritura completa, desde el Génesis (6,18) hasta el Apocalipsis (11,19), cargando el acento de su importancia en pasajes como Éxodo 19-24 y, en el Nuevo Testamento, los relacionados con la eucaristía (Mt 26; Mc 14; Lc 22; Jn 6). Hay cantidad de alianzas humanas y todas se caracterizan por lo mismo: la defensa de los intereses del más poderoso. La alianza de Dios con nosotros, siendo alianza entre desiguales, nos tiene como beneficiarios, porque a él nada le falta. La iniciativa ha sido suya y se mantiene fiel a esta alianza hecha con nosotros a través de Jesucristo, que la acepta desde niño dejando caer la sandalia.

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