Santa María de Guadalupe, portadora de la caricia tierna de Dios

…Desde ahora todas las naciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor cosas grandes el Poderoso, Santo es su nombre… Lc. 1,48-49a

En torno a las festividades decembrinas siempre ocupa un lugar privilegiado la figura de la Bienaventurada Virgen María, sobre todo por el papel tan importante que ha tenido en la historia de la salvación. Ella es la mujer valiente que redimensiona el caminar de un pueblo y lo lleva al encuentro con el Mesías Redentor. Por tanto, en estas fechas de adviento y próximas a celebrar la natividad de Nuestro Señor Jesús, nos encontramos con diversas celebraciones que marcan nuestra vivencia de fe, tales como la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María y de manera muy especial en México y toda América la festividad de Nuestra Señora de Guadalupe, nuestra morenita del Tepeyac a quien tanto ama y venera su pueblo ferviente.

Hablar de María como una de las figuras centrales de este tiempo de adviento y navidad, conlleva a seguir profundizando en el misterio de la encarnación, pues a partir de un Fiat generoso, nos ha venido a la humanidad entera la Redención, comenzando por la misma María de Nazaret, la joven mujer, que marca un parteaguas histórico, ideológico y así mismo teológico. Ella es la mujer que contempla el misterio del Dios humanado y al mismo tiempo lo cuestiona, lo razona, lo medita, lo asume y lo hace vida. Ella es la Virgen Madre que se pone en camino de servicio y de disponibilidad a la voluntad divina, haciendo posible la gran encomienda de traer al mundo al Redentor, al hombre más influyente de toda la historia y que aún después de más de dos mil años, sigue haciendo lío en la vida, realidades y contextos de muchas personas.

Ante estas premisas, podemos descubrir la importancia de María en el plan de Salvación que Dios había trazado desde la eternidad. Ella es la mujer que se había anunciado desde antiguo, que traería al libertador del género humano para pisotear la cabeza del enemigo (Gn 3, 15). Ella es la virgen que anunciaron los profetas, la cual concebiría y daría a luz al Emmanuel, el Dios con nosotros (Is. 7,14), es decir, un Dios tan cercano que se encuentra en medio de su pueblo, para escuchar su clamor, angustias y penas, para darle consuelo amor y misericordia. María es la Madre que, al pie de la cruz, da a luz a la Iglesia naciente del corazón traspasado de su querido Jesús; ella es la centinela que acompaño y guio, junto con los apóstoles, las primeras comunidades cristianas, siendo testimonio de caridad y de la presencia del Santo Espíritu que la habitaba.

Así mismo, esta buena Madre, ha acompañado a lo largo de los siglos el caminar de la Iglesia y se ha hecho presente en los diferentes pueblos y naciones donde se lleva la Buena Noticia de Cristo Jesús. Es ella, pues, la Estrella de la nueva evangelización, que dinamiza y lleva a todos sus hijos al encuentro con el Dios del amor y la misericordia sin medida. Tal es el caso de la Nación mexicana, que ha sido marcada desde hace casi 500 años por el acontecimiento guadalupano, Non fecit taliter omni nationi, “No ha hecho cosa igual con ninguna otra nación” (Sal. 147,20). Y es así, María al escuchar el clamor de un pueblo que sufría tras la conquista española de 1519, muestra su amor maternal a los indígenas de la antigua Tenochtitlan, trayendo con su gloriosa aparición, la paz, la conversión, la unión, pero, sobre todo, la presencia del verdadero Dios por quien se vive y que quería habitar entre su pueblo a través de la presencia de su Madre Santísima.

Los acontecimientos guadalupanos tienen su origen en diciembre de 1531, cuando Santa María de Guadalupe se le aparece a Juan Diego Cuauhtlatoatzin, un indígena que cruzaba por el cerro del Tepeyac, rumbo a Tlatelolco para su evangelización. Allí, en el corazón de ese cerro donde nacía el sol, donde se veneraba a Tonantzin y lugar teológico para los náhuatl por su abundancia de flores y la misma verdad, apareció ella, presentándose como la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdaderísimo Dios, de Ipalnemohuani, (Aquel por quien se vive) … y así mismo expresando su misión como Madre misericordiosa, que quiere dar a las gentes todo su amor, su compasión, ayuda y defensa.

No obstante, la aparición y el mensaje de viva voz de la celestial Señora no bastaba como prueba para ser comprendida y aceptada, primeramente, por el pueblo indígena, sino también por el clero español encargado de la evangelización e inculturación del cristianismo en estas tierras. Por ende, María deja un testimonio palpable, un gran milagro que ha acompañado a nuestro pueblo por siglos, dando fuerza y valor, esperanza y presencia tierna de una verdadera Madre, por eso, ha dejado su bendita imagen impregnada en la tilma del indio Juan Diego, la cual se venera desde antiguo en el cerrito del Tepeyac, en las diferentes ermitas y ahora basílicas que le han construido con tanto amor sus hijos e hijas, como ella misma ha querido.

Ella es la Virgen Madre, la hermosa flor que, por su vestimenta, sus rasgos físicos y tez morena fue aceptada y entendida como la nueva Tonantzin, la Madre del Dios verdadero que traía redención para estos pueblos y nación naciente. Ella es la mujer de la flor y el canto, lenguaje simbólico para los indígenas, la cual, tras su aparición a Juan Diego, dialogan de pie, pues encuentran una identidad profunda, donde María lo trata con dignidad y cariño y él, se siente profundamente amado y en confianza, contrario a la forma de diálogo con el clero o sociedad española de ese tiempo, donde tenían que arrodillarse y agachar la cabeza. Ella es pues, la mujer del Fiat generoso que nuevamente rompe con contextos sociales e ideológicos de un pueblo herido, que clama por la caricia materna del Dios del amor.

Con el recuerdo de este gran acontecimiento, es importante profundizar y redimensionar el sentido evangelizador en la figura de María de Guadalupe, pues es su hermosa imagen la que nos deja entrever signos y símbolos, tanto de la cultura indígena como de la cultura española, nos hace vislumbrar en ella la inculturación mesiánica de su hijo Jesús. En ella descubrimos elementos del mestizaje pues, aunque ella se manifiesta hablando náhuatl, la virgen es una mujer mestiza, con cabello suelto que representa la virginidad, así mismo puede apreciarse el collar que al centro tiene una pequeña cruz cristiana y que nos habla de su consagración, pues ella es la mujer consagrada a cumplir con el proyecto de Dios. No podemos dejar de lado que es la mujer vestida del sol y con la luna bajo sus pies (Ap. 12,1) y que su túnica y manto nos hablan propiamente de la unidad de lo humano con lo divino, manifestando en la fineza de sus detalles el misticismo de la antigua fe indígena, donde no solo las estrellas del manto, sino propiamente la flor que lleva en su vientre representaba la presencia del verdadero Dios que está próximo a nacer, cual sol que anuncia la aurora.

Estos y muchos otros elementos vitales de ambas culturas, podemos apreciarlos en la imagen bendita de nuestra morenita del Tepeyac, nuestra Madre María, que a lo largo de los años no solo nos ha dado identidad, si no también ha acompañado y guiado en todo momento a su pueblo, alentándolo con esperanza alegre y ardiente caridad pues, ella es la mujer del adviento, la mujer de la esperanza gozosa y la confianza plena en su Dios y Señor. María es para todo su pueblo ferviente el reflejo de la abundancia, la bendición y el don de Dios que se derrama en todo momento, e incluso en los momentos difíciles y de dura prueba. Esta buena Madre ha sido y será la estrella radiante que guie el corazón y la vida todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que acogen la Palabra Divina en su ser y se convierten a ejemplo de ella en Evangelio viviente.

Finalmente, es importante no olvidar recurrir siempre y en todo momento a la maternal protección de nuestra Madre, ya que María es el tesoro de Dios y la tesorera de todas las misericordias que Él nos quiere dispensar. Ella de manera especial nos invita a confiar en el Dios del amor y a prepararnos en este tiempo de gracia del adviento para la conmemoración de su venida terrena y su venida espiritual en cada uno de nuestros corazones. Por ello, que al contemplar su bendita imagen en ese ayate sagrado recordemos las hermosas palabras que dirigió al piadoso San Juan Diego ¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu Madre?, ¿Acaso no estás bajo mi sombra, bajo mi amparo?, ¿Acaso no soy yo la fuente de tu alegría?, ¿Qué no estás en mi regazo, en el cruce de mis brazos? Que Santa María de Guadalupe, nuestra hermosa morenita del Tepeyac siga fortaleciendo y encaminando nuestra fe, para poder asumir siempre en nuestra vida la copiosa redención de Jesús, nuestro Mesías y Señor y poder así establecer su Reino en nuestro aquí y ahora.

Por Juan Luis Rivera Arellano, Novicio C.Ss. R

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