Septiembre 12, domingo XXIV ordinario: Mc 8,27-35 (Abnegación).

Por P. Francisco Pérez Colunga, CSsR

 

La revelación de Jesús es progresiva: va de menos a más. Entre más conocimiento de su persona, más honor para quien lo conoce, aunque también más responsabilidad. La gracia del cielo es expansiva por naturaleza. Quien la experimenta tiene el deber de compartirla. El conocimiento es, ante todo, personal e igualmente personal es la confesión de la fe en el Señor. Nadie confiesa a Jesús en nombre de otro u otros. Otra característica esencial de la fe en Jesús es su dimensión y expresión comunitaria. Lo vemos en la forma de hablar él con sus discípulos. Sus preguntas están formuladas en plural.
La fe es incluyente, no excluyente. De no ser así, estaríamos encaminados a una espiritualidad personalista, en el sentido de egoísta. En la relación con Jesús ninguno de estos dos aspectos puede ser ignorado, porque caeríamos en un lamentable desequilibrio, yendo en contra de la enseñanza fundamental de Jesús, que quiere vernos siempre trabajando unidos en la construcción de su reino. En esta revelación progresiva, llega a Jesús el momento de explicarnos lo que humanamente parece inaceptable: que él tenga que sufrir la peor humillación para establecer su reino, que es del cielo y no de la tierra. Pedro le hace una acertada observación, porque interpreta sus palabras con criterios de este mundo. Cuesta trabajo a Pedro entender; pero Jesús lo obliga a corregir su pensamiento.
 
Martes.
 
Aprendamos de María la humildad necesaria para acercarnos a Jesús y vivir con él su pasión, manera única de compartir la gloria de su resurrección.
Santa María del perpetuo Socorro, preparada desde tu nacimiento para vivir en perfecta comunión con las tres personas divinas; elimina de nosotros la impureza de alma que nos hace indignos de su compañía.
Santa María del Perpetuo Socorro, humilde sierva del Señor, como te llamas tú misma; acude en nuestra ayuda, para permitirle dirigir hacia él todos nuestros pensamientos y acciones.
Santa María del Perpetuo Socorro, maestra en el seguimiento de Jesús, al que acompañaste hasta el momento de su agonía, que tengamos el valor suficiente para presentarnos en todas partes como discípulos suyos.
Señor, nos invitas a seguirte, advirtiéndonos que esto compromete toda nuestra vida; que no dudemos en decidirnos a recorrer contigo el camino de la pasión, por el cual llegamos a la gloria. P.N.S.J.
 
Jueves.
 
Señor, nos reunimos de nuevo para conocerte un poco más, tratando de apresurar el paso, pues tendemos a quedarnos atrás, dejándote continuar solo el camino hacia la gloria. Seguido nos cuesta comprender lo que dices, como ocurrió con Pedro. ¿Es posible que, en un momento, podamos afirmar cosas contrarias? La experiencia muestra que sí. Pedro, apenas pronunciada su confesión de fe, comienza a decirte que no puedes padecer la muerte, por lo cual merece que lo llames ‘Satanás’. Es un nombre muy bien puesto, fijándonos en su significado: el que pone trampas, el que engaña, el experto en meter la cizaña de la división y pleito donde la gente vive en paz. Con su mejor buena voluntad, Pedro falló completamente. El mismo personaje diabólico, Satanás, sigue muy activo entre nosotros, queriendo alejarnos de ti y poniéndonos a pelear entre nosotros. Es el que te tentó antes de que comenzaras a anunciar el reino de Dios, para ver si le cedías tu lugar como delegado del Padre ante el mundo. Gracias a tu victoria sobre él gozamos ahora de la libertad que has ganado para nosotros, liberándonos de la muerte, a la que nos conduce el pecado, si lo aceptamos.
Nos sigues recordando que, mientras estemos en este mundo, corremos el riesgo de perder lo ganado, y que hay una sola manera de asegurarlo: recorrer contigo el camino a Jerusalén, lugar de tu pasión, muerte y resurrección. Cada paso en esa dirección es un pequeño triunfo logrado. Sabemos que nos falta mucho por aprender y por hacer. Mantén nuestro espíritu lleno con el ánimo de estar en movimiento permanente contigo, para avanzar lo necesario cada vez que quieres vernos acelerar el paso, y no permitir a Satanás el control sobre nosotros. Estar contigo significa sacrificio, abnegación y renuncia a cuanto pueda servir de estorbo. Somos conscientes de esto y aceptamos tu invitación a perder la vida, para ganarla.
 

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