Septiembre 2, 2021

Por P. Francisco Pérez Colunga, CSsR

Jueves
 
Señor, casi siempre en contraste tus conceptos con los nuestros, como en la distinción sobre la pureza interna y externa. Es obvio que nos inclinamos por la externa, porque es la que todos ven; la interna, en cambio, es más difícil de verse. Tú quieres de nosotros una vida equilibrada; que a la pureza externa corresponda la pureza del corazón. ¿Por qué nos inclinamos tanto por la externa? Porque es la que nos atrae la complacencia de la gente, normalmente incapaz de ver la intención oculta de nuestras acciones. Es tan seductora la apariencia externa que, casi sin saberlo, nos conducimos con doblez en mucho de lo que hacemos. Es el comportamiento típico del fariseo, que nada hace sin asegurarse antes la recompensa de la gente. Tú lo corregiste muchas veces, y con reprensiones muy fuertes, sin conseguir resultado satisfactorio. Al contrario, con frecuencia se reían de ti delante de la gente, pues ibas abiertamente en contra de su hipocresía. Una vez les dijiste: ‘Ustedes se tienen por justos ante la gente, pero Dios conoce sus corazones, y lo que es alabado por los hombres es detestable para él’. Éstos son los que hoy se fijan en un detalle menor del cual sacas lección para todos.
Una sola es la voluntad de Dios, revelada desde el principio, y jamás ha cambiado. Él quiere limpieza en todo, de modo especial en las intenciones del corazón, sede de lo bueno y de lo malo. Aunque su palabra ha ido redactándose e interpretándose a medida que pasa el tiempo, la sustancia del contenido no ha sido alterada. Si ha cambiado, ha sido para volverse más perfecta y exigente, como tú lo dices en tu primer discurso del reino (Mt 5-7). Nosotros somos los que, imitando el sentimiento fariseo, hemos cambiado la letra, o su interpretación, para adaptarla a nuestra medida, convirtiendo lo importante en superficial y lo superficial en importante, como lavar los platos sin pensar jamás en la limpieza del corazón. Señor, venimos a ti con un sincero deseo de avanzar en nuestra experiencia de fe, sosteniéndonos unos a otros con la fuerza procedente de tu palabra. Que ella encuentre en nosotros una disposición perfecta para escucharte y orientar la vida según tu voluntad. Elimina de nosotros toda tentación farisaica, y que te sean agradables todos nuestros pensamientos y acciones.
 
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