Corría el año de 1865 cuando el Superior General de los Misioneros Redentoristas, el P. Nicolás Mauron, presentaba al Papa Pío IX la solicitud del icono de Nuestra Madre del Perpetuo Socorro para la nueva Iglesia de San Alfonso, en Roma. El Papa, gran devoto de la Virgen, accedió benévolamente a sus deseos y le dijo en la audiencia: «Denla a conocer a todo el mundo». Este mandato lo estamos cumpliendo los redentoristas en los cinco continentes del mundo.

Ahora bien, pueden surgir las siguientes tres preguntas:

El P. Francisco Pérez Colunga, redentorista, nos ayudará en este recorrido para develar estas respuestas. Te invitamos a continuar leyendo los apartados de este bloque dedicado a Nuestra Madre del Perpetuo Socorro.

La palabra original griega (eikón) tiene los dos significados, retrato y estatua. En el caso del Perpetuo Socorro se aplica solamente el de ‘retrato’ o ‘cuadro’. Hay representaciones en estatua, pero el original es un ‘retrato’, llamado también ‘cuadro’. Para entendernos, vamos a llamarla ‘cuadro’.

Un mercader de Creta robó, en su patria, este cuadro, en el siglo XVI, porque hacía muchos milagros en la isla.

El mercader que lo robó en Creta lo llevó escondido en su equipaje.

Cuando estaba a punto de morir, el mercader que se lo había robado reveló a un amigo la historia del cuadro y le pidió que lo pusiera en una iglesia determinada.

En un templo dedicado a San Mateo, entre Santa María la Mayor y San Juan de Letrán. El templo pertenecía a los frailes de San Agustín; fue puesto allí el 27 de marzo de 1499.

Trescientos: 1499-1799.  El templo fue destruido en 1799.

‘Santa María in Posterula’, cerca del Tíber, donde está hoy el puente Humberto I. El cuadro tenía nueva casa.

Murió en 1853, a los 86 años de edad. Su deseo era ver el cuadro expuesto de nuevo al culto público.

Dentro de la propiedad había estado antes el templo de San Mateo, donde era venerado el cuadro por los frailes agustinos. Los redentoristas no sabían esto al comprar el terreno.

Habló de un cuadro de María que ‘estaba en la iglesia de San Mateo in Merulana y era conocida con el título de Madonna di San Matteo; más propiamente con el de ‘Perpetuo Socorro’.

Motivado por las palabras del Jesuita Francisco Blosi acerca del cuadro, leyó autores de antigüedades romanas y encontró que en el templo de San mateo, cuyos restos estaban ahora en la propiedad redentorista, había un cuadro de la virgen, muy venerado por los milagros que hacía.

El padre Nicolás Maurón, el 11 de diciembre de 1865. Era el Papa Pio IX.

‘Denla a conocer por todo el mundo’. Fue expuesto el 26 de abril de 1866 en la iglesia de San Alfonso, donde está actualmente.

Los misioneros redentoristas la adoptaron como patrona de las misiones. Así se explica su presencia en tantas iglesias del mundo. Normalmente es el recuerdo que se deja en una misión redentorista.

En atención a la devoción que se le tenía en Roma. No la coronó personalmente el Papa Pío IX, pero fue con su aprobación. Tal coronación se concede a imágenes veneradas por largo tiempo y que han sido instrumento de gracia para los fieles

‘Madre de Dios’

‘Madre de Dios’

El niño Jesús (IS XS)

‘OARG’: El Arcángel Gabriel

‘OARM’: El Arcángel Miguel

Cruz

Esponja y Lanza

Corona de la Madre

Corona del Hijo

Piedras preciosas

Estrella en la frente
de la Virgen

Amarillo (sol): signo del amor
de Dios que no discrimina

Rojo (pir): fuego

Verde: símbolo de vida
o de muerte

La sandalia (ipódema)
cayéndose

El adjetivo ‘perpetuo’ es descrito por el diccionario: ‘Que dura y permanece para siempre. Se aplica a ciertos cargos vitalicios, ya se obtenga por herencia, ya por elección’. El adjetivo ‘perpetuo’ califica situaciones, personas o realidades humanas. Lo ‘perpetuo’ se distingue de lo ‘eterno’ porque la perpetuidad, aunque es duración sin fin, pertenece al mundo de lo humano; tiene comienzo y tiene fin, que ocurrirá cuando termine este mundo. Lo ‘eterno’, en cambio, es exclusivo de Dios, que no tiene principio ni fin.

Junto al adjetivo ‘perpetuo’ tenemos el sustantivo ‘socorro’, con este significado: ‘Acción y efecto de socorrer. Dinero, alimento u otra cosa con que se socorre. Tropa que acude en auxilio de otra. Provisión de municiones o cosas que se llevan a la guerra o a una plaza, donde se necesitan’. El diccionario no se ocupa del significado teológico de las palabras, por razones comprensibles. Esto nos toca a nosotros. El diccionario nos da, principalmente, el significado propio y técnico. Es buen comienzo, porque lo normal es ir del significado propio y técnico al figurado y teológico.

Pregunta: ¿Tiene relación explícita con la Sagrada Escritura el título ‘Perpetuo Socorro’, como nombre aplicado a María? Tiene relación explícita, y mucha. No sucede esto con todos los iconos. Muchos de ellos nos remiten a María mediante formas diversas, nombres e invocaciones alusivos a la riqueza teológica infinita de su persona, por haber sido divinizada debido a su función en el plan de Dios. Si nos hemos fijado, muchos de estos nombres aplicados a María no son bíblicos ni se inspiran en pasajes bíblicos referentes a ella, ni explícita ni implícitamente. ‘Perpetuo Socorro’, como veremos, es uno de los muchos atributos de Dios (Salmo 117; 135).

MR –  TEOÚ: ‘Madre de Dios’. Arriba a la izquierda y a la derecha del icono hay dos letras griegas. Las de la izquierda (MR) son abreviación del griego ‘madre’, (méter), en nominativo: madre. Las letras de la derecha son ‘TU’, que es el genitivo del griego ‘teós’. El genitivo es ‘teoú’. Juntando los nombres abreviados, el de la izquierda con el de la derecha, tenemos el siguiente significado: Madre de Dios. Es un título exclusivo de María y, por tanto, del Nuevo Testamento. La madre de Dios es sólo una: María, que pertenece al Nuevo Testamento, inaugurado con su Hijo, Jesús.  El título ‘Madre de Dios’ (MéteR TeoÚ) no se encuentra literalmente en el NT, pero hay abundante testimonio acerca de María como madre de Dios; por eso, el título aparece como sinónimo del nombre personal de María. Llamarla ‘Madre de Dios’ es una especie de sobrenombre aplicado a ella con toda precisión, describiendo la misión por medio de la cual ha servido al Señor: dando vida al mismo autor de la vida.

Jesucristo (Iesoús – Xristós). La forma griega es ‘Iesoús’; la hebrea, ‘yejosúa’. Al hablar del nombre de ‘Jesucristo’ hay que recordar que es compuesto: ‘Iesoús – Xristós’. En el AT jamás encontramos juntos estos dos nombres, como los tenemos en el NT, y la razón es evidente: el nombre de ‘Jesús’, Hijo de María, es exclusivo en su forma gramatical (Jesucristo). En el AT existen los nombres, pero separados. El primero (Iesoús) aplicado generalmente a Josué; el segundo (Xristós), aplicado sobre todo a los profetas, sacerdotes y reyes, ya que ‘xristós’ significa ‘ungido’, aludiendo al aceite sagrado utilizado en la unción, el rito con que se consagra a Dios la persona o los objetos empleados en el culto ofrecido a él. ‘Xristós’ es traducción griega del sustantivo hebreo ‘masiha’, traducido al español como ‘mesías’. La parte primera del nombre (Iesoús) viene del verbo hebreo ‘yasá’, que significa ‘salvar’, del cual vienen otros derivados, como ‘salvación’ y ‘salvador’.

El nombre personal ‘Jesucristo’ puede analizarse desde varios puntos de vista: todo junto (Jesucristo), por separado (Jesús Cristo) o en su forma breve (Jesús o Cristo). Ante todo, recordemos que la forma griega del nombre ‘Jesús’ es igual a la del Antiguo Testamento (Iesoús), lo cual proporciona la continuidad morfológica y teológica; morfológica, porque el mismo nombre del AT pasa al NT; teológica, porque dentro de la continuidad hay cambio radical. Jesús no se compara con los salvadores que lo han precedido; o bien, la comparación resalta su originalidad. Hay discontinuidad en la forma hebrea del nombre (Jesús): ‘yejosúa’ en el AT y ‘yesúa’ en el NT. Estos dos nombres comparten las mismas letras radicales (ysa: salvar) pero son diferentes. Fuera de Jesús, nadie más lleva este nombre. Y tal detalle tiene una razón de ser: no hay otro salvador paralelo. El nombre, todo junto (Jesucristo), existe nada más en las traducciones.  En el idioma original (griego) está siempre separado: Jesús Cristo (Iesoús Xristós). La unión de estos dos nombres en uno es muy comprensible, dada la tendencia a la abreviación, característica de todos los idiomas.

  • ‘OARM’El arcángel Miguel

Arriba, a la izquierda, y debajo de las letras ‘MR’, está el nombre abreviado ‘OARM’, que solemos traducir: ‘El arcángel Miguel’. Es nombre hebreo ‘Mi ka él’ = ¿Quién como Dios?, nombre personal en forma de pregunta cuya respuesta es evidente: nadie como Dios. Según la etimología (árxo / árxos: ser el primero; origen, principio = arxággelos – arcángel) Miguel es uno de los primeros, de los que gobiernan, uno de los príncipes. En el Antiguo Testamento, ni Miguel ni Gabriel son llamados ‘arcángeles’ (arxággelos). Los dos son llamados ‘ángeles’ (ággelos). El más cercano al título de ‘arcángel’ es Miguel, por los sinónimos con que es designado y también por las funciones a él atribuidas; entre otras, es el defensor de la humanidad. En el Antiguo Testamento, Gabriel es intérprete de visiones. En el Nuevo Testamento, el nombre personal ‘Miguel’ aparece dos veces (Judas 1,9 y Apocalipsis 12,7) y las dos se refieren al personaje del que estamos hablando. Sólo Miguel es llamado ‘arcángel’, y nada más en un pasaje (Judas 1,9). En Apocalipsis 12,7 es citado junto con ‘ángeles’ subordinados a él, en la pelea contra el diablo. Esto le valdría el título de ‘arcángel’ (arxággelos); sin embargo, el texto no lo llama así.

  • ‘OARG’El arcángel Gabriel

Lo mismo que Miguel, Gabriel es citado dos veces en el Nuevo Testamento, y las dos en el capítulo primero de Lucas (1,19.26). La primera está en el anuncio del nacimiento de Juan (Lc 1,19a). Como Zacarías no cree, el ángel dice su nombre: ‘Yo soy Gabriel’. Él da su nombre sin añadir calificativo de jerarquía. No se da el nombre de ‘ángel’. El narrador es quien le da este nombre. Informando sobre su identidad, Gabriel aclara: Estoy a las órdenes inmediatas de Dios.  Es asistente de Dios y, por eso, su palabra participa de la autoridad del que lo envía. El segundo y último pasaje es Lucas 1,26: ‘A los seis meses envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, que se llama Nazaret’. El contexto de estas palabras es la anunciación del ángel a María (1,26-38). Su oficio es la comunicación de mensajes, no propios sino de Dios. El nombre personal (Gabriel) significa y representa el poder de Dios, invencible, que crea y hace cuanto quiere solamente con ordenarlo.

Síntesis. Gabriel, comparado con Miguel, parece tener menos categoría jerárquica, pues él mismo no se llama ‘ángel’, sino ‘Gabriel’ (Lc 1,19). Es el narrador quien lo llama ‘ángel’. Tampoco en la anunciación a María Gabriel se da el nombre de ‘ángel’ y es el narrador quien lo llama ‘Gabriel’ (1,26). En el NT sólo Miguel es llamado ‘arcángel’ y una vez nada más (Judas 1,9).

  • Cruz

¿Qué decir de la cruz (staurós)? Es el signo más evidente de la pasión, mencionada 27 veces en el Nuevo Testamento: 16 en los evangelios y el resto en las cartas de Pablo. En los evangelios, Juan se distingue de los sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) porque cita la cruz sólo en la pasión; para ser precisos, cuatro veces en el capítulo 19. Los sinópticos, en cambio, ponen en boca de Jesús la invitación a seguirlo, cargando la cruz (Mt 10,38: Mc 8,34; Lc 9,23). Jesús hace la invitación a seguirlo, cargando la cruz, cuando está a punto de iniciar el viaje a Jerusalén. Cita la cruz con toda intención, conociendo el horror que inspira, por ser instrumento de tormento muy cruel. Jesús quiere que todos sepan que estar con él implica arriesgar la vida y estar dispuestos a defender la fe incluso con la muerte.

  • Esponja y Lanza

Esponja

La palabra ‘esponja’ (spoggós) no aparece jamás en el Antiguo Testamento; en el nuevo, solamente tres veces, y las tres en la pasión de Jesús (Mt 27,48; Mc 15,36; Jn 19, 29). ‘Uno de los presentes fue corriendo a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, sujetándola a una caña, le ofreció de beber’ (Mt 27,48). ‘Uno echó a correr y, mojando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña y le dio de beber’ (Mc 15,36). ‘Había allí un jarro de vinagre. Sujetando a una caña de hisopo una esponja empapada con el vinagre, se la acercaron a la boca. Cuando Jesús tomó el vinagre, dijo: Todo está cumplido. Y, reclinando la cabeza, entregó el Espíritu’ (Jn 19,29-30). La versión de Juan es más lógica, porque se da a Jesús el vinagre cuando él dice: ‘Tengo sed’ (19,28). En Mateo y Marcos, se da a Jesús el vinagre cuando dice: ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? (Mc 15,36; Mt 27,46-47).

Lanza

En cuanto a ‘lanza’ (lógxe), esta palabra es hápax del Nuevo Testamento, es decir, aparece sólo en Juan 19,34. Para asegurarse de la muerte de Jesús, el soldado le atraviesa el costado con la lanza. Esta información se encuentra en Juan, nada más. No es casualidad que la lanza esté pintada en la imagen de la virgen, puesto que Juan es el único que habla de la madre de Jesús contemplando la muerte de su Hijo (Jn 19, 25-27). Quedan relacionados los tres motivos: lanza, pasión y madre de Jesús.

  • Significado propio

El primer pasaje es 2 Samuel 12,30: ‘David atacó Rabá y la conquistó. Quitó a Moloc la corona, que pesaba treinta kilos de oro y tenía una piedra preciosa’. El rey luce una corona de mucho valor, que David le arrebata al derrotarlo. Este hecho se cuenta también en 1 Crónicas 20,2. Holofernes, enemigo de Israel, es recibido en todas partes con coronas, danzas y panderos, obligando al pueblo a someterse a él (Judit 3,7). Es un reconocimiento forzado y manifestado en la ofrenda de coronas. Al final los papeles se invierten. Las mujeres israelitas se coronan y coronan a Judit, celebrando la muerte de Holofernes (Judit 15,13).

  • Significado figurado

Salmo 20,4: ‘Has puesto en su cabeza corona de oro fino’. El Señor da fuerza y honor a sus reyes, por ser sus representantes en el pueblo. Salmo 64,12: ‘Coronas el año con tus bienes’. El Señor, creador de la naturaleza, la hace producir fruto para el hombre. Proverbios 1,9: El padre y la madre son para el hijo como una corona en la cabeza. Ellos le dan dignidad. La sensatez y la inteligencia son corona en la cabeza de quien las posee y se adquieren siguiendo la tradición y consejos de nuestros mayores (4,9). Describiendo su sufrimiento, Job dice: ‘El Señor me ha despojado de mi honor y me ha quitado la corona de la cabeza’ (Job 19,9).

  • En los evangelios

Dentro de los cuatro evangelios, la palabra ‘corona’ (stéfanos) aparece solamente cuatro veces: Mt 27,29; Mc 15,17; Jn 19,2.5. Los cuatro pasajes están en los relatos de la pasión.

Veamos el texto de Mateo (27,9): ‘Después trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y en la mano derecha una caña. Doblando la rodilla ante él, le decían, burlándose: Salve, rey de los judíos’. El contexto del pasaje es el juicio ante Pilato (Mt 27,11-31). Después de ser sentenciado a muerte (27,26), Jesús es entregado a los soldados para sufrir la última humillación (27,27-31), antes de comenzar el camino a la cruz (27,32). Lucas no cita la corona. La estructura de este momento de la pasión es idéntica en los cuatro evangelios, aunque en Lucas la burla no la hacen los soldados sino Herodes (Lc 23,6-11). Comparado con Marcos, Mateo acentúa la humillación de Jesús, diciendo que le pusieron una caña en la mano derecha, para hacer más clara su apariencia de rey (Mt 27,29). En Marcos, la caña es el instrumento con que golpean a Jesús en la cabeza (Mc 15,19). Por tanto, el detalle de la caña queda mejor explicado en la versión de Mateo, pues los soldados golpean a Jesús en la cabeza con la misma caña que le han puesto en la mano, aumentando así el sarcasmo: el rey es torturado con el signo de su propio poder.

Antiguo Testamento (Éxodo 28,17-21; 39, 8-15) y Nuevo Testamento (Apocalipsis 21,19-23). Le engastarás una guarnición de cuatro filas de piedras. En la primera fila: carnelita, topacio y azabache; en la segunda fila: esmeralda, zafiro y diamante; en la tercera fila: jacinto, ágata y amatista; en la cuarta fila: topacio, ónice y jaspe. Las guarniciones de pedrería irán engastadas en filigrana de oro. Llevará doce piedras, como el número de las tribus israelitas. Cada piedra llevará grabado, como un sello, el nombre de una de las doce tribus’. El Señor dicta a Moisés las leyes sobre el santuario. Éste es el contenido de los capítulos 25-40, con pequeñas excepciones, como la idolatría del pueblo, que hace necesaria una nueva redacción y publicación del decálogo (32-34). El autor (o autores) es ubica en el pasado esta organización cultual, practicada en los tiempos de gloria de Israel, sobre todo con David y Salomón, en el siglo décimo antes de Cristo. El culto es de las necesidades elementales del ser humano; es su forma de vivir y expresar la relación con Dios, al que dedica lo mejor que tiene: personas, objetos, tiempos y lugares. Lo leído en Éxodo 28,17-21 se refiere al pectoral, que es parte de los ornamentos sacerdotales. Debe ser hecho ‘artísticamente’ (28,15).

Según Apocalipsis 21,19-23, toda la humanidad podrá vivir en la nueva Jerusalén. La muerte ha sido derrotada, porque el juicio universal se ha realizado (20,11-15). Si lo malo se sigue mencionando, no es porque todavía siga existiendo sino para hacer evidente el contraste entre el tiempo nuevo y el viejo, entre muerte y vida. Así se explican los siguientes pasajes: ‘En cambio, a los cobardes, infieles, infames, asesinos, prostituidos, hechiceros e idólatras les tocará en suerte el lago de azufre ardiendo, que es la segunda muerte’ (21,8). Hacia el final leemos: ‘Nunca entrará en la ciudad algo impuro, ni idólatras ni impostores’ (21,27); ‘Nada maldito habrá allí’ (22,3); ‘Fuera los perros, los hechiceros, los prostituidos, asesinos, idólatras y todo el amigo de la mentira’ (22,15). Al citar los ‘prostituidos’, se refiere a todo tipo de desorden sexual: fornicación, adulterio, homosexualidad, que son distintos como conceptos, pero coinciden en ser para Dios algo repugnante. El autor ama el contraste, por su insistencia en la exhortación al bien. Antes de decir ‘fuera los perros…’ ha dicho: ‘Dichosos los que lavan su ropa para tener derecho al árbol de la vida y entrar por las puertas de la ciudad’ (22,14).

 En el Antiguo Testamento, el sol, la luna y las estrellas son de los primeros objetos creados por Dios, el día cuarto (Génesis 1,14-18). No es casualidad que esta parte de la creación aparezca el día central de los siete: el cuarto. Aunque el séptimo descansa Dios (2,2), este día completa la semana. Según la estructura septenaria, el cuarto día sobresale por la creación de la luz (sol, luna y estrellas). Así, esta acción completa y hace perfecta la primera: ‘Que exista la luz. Y la luz existió’ (1,3-4). La luz se va imponiendo como símbolo de la vida, representada por los astros que la generan. La oscuridad y tinieblas, por el contrario, van desapareciendo y se convierten en símbolo de la muerte. La palabra ‘estrella’ es muy utilizada en plural y, en la mayoría de los casos, los sentidos figurados, positivos y negativos, prevalecen sobre el sentido propio.  Además, el trinomio es citado casi siempre junto: sol, luna y estrellas. Los tres son la suma y símbolo de todos los demás, por ser los más visibles. Estos significados y sentidos generales pasan al Nuevo Testamento.

Después del Apocalipsis, es Mateo el que más se sirve de la palabra ‘estrella’ (astér). En 2,2, los magos han sabido del nacimiento de Jesús, el rey de los judíos, por la aparición de la estrella, según la promesa hecha en Números 24,17, en la que ellos creían. Por eso, esta señal vale solamente para ellos y no para los incrédulos, como Herodes (2,7). Efectivamente, se les vuelve a aparecer cuando se alejan de él (2,9), motivo que los llena de inmensa alegría (2,10). Según Mateo, el nacimiento del salvador es anunciado por una estrella (2,2), la misma que fue puesta en el pasado como signo para reconocerlo, llegado el final de los tiempos.

Con la llegada de Jesús, la luz llega al mundo. Este signo, la estrella, junta con el sol y la luna (Mt 24,29) será contemplado al final de la historia, cuando la tierra sea transformada, en el tiempo escatológico (Mt 24,29; Mc 13,25; Lc 21,25). Estando firmes en el cielo, sufrirán el trastorno cósmico del universo entero.

  • Amarillo (sol): signo del amor de Dios que no discrimina

La palabra ‘sol’ (élios) aparece 32 veces en el Nuevo Testamento, de las cuales 12 están en los evangelios, y sólo en los sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas). El evangelio de Juan jamás emplea esta palabra. La primera mención del sol está en Mateo 5,45: ‘Para que sean hijos de su Padre del cielo, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos e injustos’. El contexto de estas palabras es el discurso del monte (5-7). Dentro de la parte llamada ‘antítesis’ (5,21-48), Jesús comenta el dicho: ‘Amarás a tu prójimo… y odiarás a tu enemigo’ (5,44). La corrección de Jesús a la ley de Moisés está en el grado de perfección en el amor. Dios ha mostrado su amor al máximo enviando a Jesús. Por eso espera como respuesta sólo amor perfecto, a él y al prójimo. Y esta perfección incluye a los enemigos (Mt 5,44-45). El texto original resalta el poder de Dios sobre la naturaleza, diciendo: ‘Hace salir su sol’. El sol es una de sus muchas propiedades y dispone de él como le parece. Para fortuna del ser humano, esta disposición es favorable, ya que es manifestación indiscriminada de amor.

  • Rojo (pir)

Fuego (de una pira, del sacrificio, del hogar, del sol, del rayo de los astros, de antorchas; fig. fuego de los ojos, mirada, fuego de la fiebre, apasionamiento, fuerza irresistible, devastación). Podemos leer los siguientes pasajes del Antiguo Testamento:  2 Reyes 3,22, que compara la sangre con el color rojo; también Isaías 33,11; Ezequiel 1,4; Salmo 103,4; 148,8. En los cuatro aparece la equivalencia ‘viento – fuego’ (pnéuma – pir). Toda la atención se concentra después en el Nuevo Testamento, donde el rojo tiene estos significados: fuego (pir), sangre (aima), Espíritu (pnéuma), vida (zoé).

  • Verde

Los pocos pasajes del Antiguo Testamento que contienen la frase ‘hierba verde’ (Génesis 1,30; 2,5; 2 Reyes 19,26; Isaías 15,6) coinciden en interpretarla como símbolo de vida o de muerte, según el contexto. Que haya hierba verde significa vida, alimento (Génesis 1,30); que no haya significa muerte (Isaías 15,6). En el Nuevo Testamento, dentro de los evangelios, solamente Marcos (6,39) emplea la frase ‘hierba verde’, que encontramos también en Apocalipsis 8,7 y 9,4. En los demás pasajes (Mt 6,30; Mc 6,39; Lc 12,28; Jn 6,10; Santiago 1,10.11; 1 Pedro 1,24) se encuentra la palabra ‘hierba’ (xortós) y el adjetivo ‘verde’ (xlorós) se supone, sobre todo en los evangelios. El verde, color propio de la hierba y de los árboles, es el que más expresa la vida, por estar muy asociado con el alimento (Génesis 1,30; Jn 6,10).

La palabra ‘sandalia’ (ipódema) aparece diez veces en el Nuevo Testamento, de las cuales la primera está en Mateo 3,11 (Paralelos: Marcos 1,7; Lucas 3,16; Juan 1,27): El que viene después de mí es más poderoso que yo. No soy digno de desatarle las sandalias. ¿Qué dice el Antiguo testamento? El capítulo cuarto de Rut es el ejemplo positivo del cumplimiento de la ley dada en Deuteronomio 25,5-10. Un día, Rut, con permiso de Noemí, va al campo a recoger espigas. Boaz se fija en ella y le brinda atenciones, primero indirectamente. Luego le dice: ‘No vayas a otros campos a recoger espigas. Quédate en el mío. He ordenado a mis siervos que no te molesten y te den agua para beber’ (2,8-9). Como Boaz es pariente de Noemí, ésta piensa buscar a Rut una casa y una familia, convirtiendo a Boaz en su liberador. Aconsejada por Noemí, Rut se acuesta con Boaz, cuando él ha comido y bebido mucho. Al despertar, Boaz alaba la conducta de Rut, diciendo: ‘Esta obra ha sido mejor que la primera, porque no has buscado un hombre joven, sino a mí, rico, pero ya viejo. A mí me toca velar por ti; sin embargo, hay otro con más derecho que yo. Mañana lo arreglaremos’ (3,10-13). Al amanecer, Boaz convoca a la autoridad y llama al fulano que tiene derecho sobre Rut. Éste, después de oír, renuncia a su derecho y obligación, quedando Boaz como el único rescatador de Rut. Se celebra la boda según la ley: ‘Antiguamente, había esta costumbre en Israel, cuando se trataba de rescate o de permuta. Para celebrar el trato se quitaba uno la sandalia y se la daba al otro. Así se hacían los tratos en Israel. Por eso, el otro dijo a Boaz: Compra tú el terreno. Se quitó la sandalia y se la dio. Entonces Boaz dijo a los concejales y a la gente: Los tomo hoy por testigos de que adquiero todas las posesiones de Elimélec, Kilión y Majlón de manos de Noemí, y de que adquiero como esposa a Rut, mujer de Majlón, con el fin de conservar el apellido del difunto en su heredad, para que no desaparezca su apellido. ¿Son testigos? Todos contestaron: Somos testigos’ (Rut 4,7-11). Siguen después las bendiciones a los casados. En el libro de Rut nos interesa subrayar el significado del rito de quitarse la sandalia y entregarla al otro, manifestando la ratificación de una alianza. El pariente de Elimélec, cuyo nombre no se dice, renuncia a su deber de proteger a Rut, rescatando la propiedad de su marido, porque tiene otros intereses (4,6). Evita el compromiso formalmente, cediendo a Boaz tal derecho y obligación, haciendo el rito social acostumbrado: se quita la sandalia y la entrega a Boaz. El contrato queda terminado y sellado de esta manera.

En muchos pasajes leemos afirmaciones acerca de Dios como socorro perpetuo de los que honran su nombre; entre las más famosas del Antiguo Testamento citamos el Salmo 136 (135, Septuaginta), donde el hagiógrafo no terminaría nunca de enumerar los motivos por los cuales el Señor merece ser alabado continuamente por los seres vivientes, de los humanos en primer lugar. En el Nuevo Testamento Jesús es la encarnación personal del Dios de Israel, cuyo socorro perpetuo se extiende ahora sobre todos los habitantes de la tierra, por el Espíritu Santo enviado al mundo entero en el momento de su resurrección (Apocalipsis 5,6). A Jesús se dirigió mucha gente gritando con ardiente fe: ‘Señor, socórrenos’, danos tu auxilio, ten misericordia (Mt 9,27; 15,22; 17,15; 20,30…). Él quiere ser implorado con una aclamación que nazca de la fe sincera en su persona.

Llamar a María ‘Perpetuo Socorro’ es continuar aquella tradición sagrada que ella conoció cuando, muy probablemente, oyó el grito de los que pedían con urgencia la intervención de Jesús. De acuerdo con los evangelios, ninguno lo invocó en vano. Más bien se citan ejemplos contrarios, es decir, gente curada sin merecerlo y sin agradecerle. Los sentimientos de Jesús fueron los mismos de María, y viceversa: humanamente hablando, él heredó de ella el amor incondicional a todos, sobre todo a los que más sufren las injusticias de sus hermanos. ¡Madre del Perpetuo Socorro! Que no te busquemos sólo en los momentos difíciles, en los que tú te adelantas a darnos la mano. Que recordemos bien el dicho: ‘Para recibir, también hay que dar’. No es justo que pidamos, a Dios o a la gente, sin la intención de agradecer como es debido. Y la manera más justa de agradecer es tratar a los demás con el mismo amor que hemos recibido primero. De no ser así, seguimos practicando la justicia del mundo, donde sólo al que tiene se le da más y más. Es la justicia de Dios la que debemos conocer y practicar (Mt 6,33), como lo hizo María. Nosotros la llamamos ‘Perpetuo Socorro’ porque nos ayuda a comprenderla y a vivirla.

Que una mujer sea ‘madre de Dios’ es título que parece de película. En efecto, hay muchas películas que utilizan muy bien este título, tan desarrollado en la antigua literatura griega. Con razón aparecieron muy pronto las herejías mariológicas dentro, y sobre todo fuera, de las primeras comunidades cristianas, tantas que la Iglesia tuvo que proclamar con toda solemnidad que María es Virgen y Madre de Dios, proclamación tomada de los evangelios. Esto ocurrió en el siglo V. La herejía, en general, siempre ha existido, desafortunadamente, relacionada con Jesús, con María, con la Iglesia; en síntesis, contra la fe cristiana, pues oponerse a uno de sus fundamentos es destruirlo todo. Con otros nombres, o presentadas de otras maneras, las herejías se han multiplicado mucho en los últimos tiempos, propiciadas por el fuerte avance de las ciencias humanas, al que la teología cristiana, por las causas que sean, no ha podido o no ha sabido hacer contrapeso. La proclamación del reino de los cielos requiere de una cantidad innumerable de formas pastorales que respondan al sinfín de situaciones por las que pasan las personas y las comunidades. Las herejías son propiciadas, sobre todo, por la escasa o nula influencia de los cristianos en la sociedad, pues no logramos ser levadura que haga fermentar toda la masa.

Oración

Madre del Perpetuo Socorro, madre de Dios y madre espiritual nuestra, por voluntad suya; que nos presentemos ante la sociedad como auténticos hijos tuyos, viviendo nuestra fe bien convencidos de ella y no llenos de duda, miedo y confusión. Que sepamos dar buena razón de nuestra fe a quien nos pregunte por ella, dejando fuera las formas que sirvieron en otro tiempo y que no han sido renovadas mediante la confrontación crítica y positiva con la descripción que hacen de ti los evangelios. Junto con esta actualización teológica, fruto de la reflexión permanente de la palabra de Dios, sea fortalecido nuestro modo cotidiano de acercarnos a ti, evitando siempre la contradicción entre lo que hacemos y lo que decimos. Se suele decir: el testimonio vale mucho más que las palabras; o bien: el ejemplo arrastra y las palabras son llevadas por el viento. Nuestra conducta diaria es el arma más poderosa para hacer frente a las ofensas proferidas contra ti. Danos fuerza a la hora de enfrentar las experiencias adversas que pueden debilitar o aniquilar nuestra vida espiritual. Aunque llenos de limitaciones y de temores, seguimos avanzando hacia el pleno encuentro contigo en el cielo.

¿Forma gramatical del nombre (Jesucristo) empleada en el icono del Perpetuo Socorro? La forma griega frecuente en los evangelios es: Jesús Cristo (Iesoús Xristós). El artista ha juntado los dos nombres, abreviándolos al mismo tiempo: ‘ISXS’. El que contempla la imagen tiene elementos de sobra para saber que la mujer es María y que el niño es Jesucristo. Sin embargo, el artista ha querido hacer explícitos los nombres, el de la Virgen y el de su Hijo, el redentor. Así elimina toda duda y ambigüedad. Ha sabido combinar en su obra dos aspectos difíciles de juntar; primero, la ternura característica de la madre, llevando su hijo en los brazos; segundo, el aspecto doloroso de la redención, experimentado desde la infancia. El icono es síntesis gráfica de la Escritura, y tal síntesis se concentra en la persona de Jesús y de María, contemplados por los cristianos en una escena que abarca toda la vida, desde el nacimiento hasta la muerte, desde la infancia hasta la cruz, ni más ni menos como los presentan los evangelios.

¿Quién puso al niño el nombre de Jesús? Sus padres (José y María) por orden del ángel. Leemos en (Mateo 1,21a): María ‘Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús’.  Corresponde a José poner el nombre al niño, según la costumbre. El ejemplo más cercano es Juan, hijo de Zacarías e Isabel. Los parientes y vecinos pueden sugerir (Lc 1,59-61), pero la última palabra es del padre (1,63). Es también el caso de José. A pesar de que él no recibe sugerencias, el ángel le reconoce tal derecho, dándole la orden: ‘Le pondrás por nombre Jesús’. La pregunta espontánea es: ¿por qué este nombre? De acuerdo con su etimología hebrea: ‘Yahveh es salvación’. La salvación de Dios iniciada en el AT era sólo el principio de la obra maravillosa consumada en Jesucristo. Según Lucas (1,31) es María quien pone al niño el nombre, también por orden del ángel: ‘Vas a concebir, darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús’. Hay en el AT anuncios de nacimientos de hijos en circunstancias muy particulares. Uno de ellos es Génesis 16,11: ‘El ángel del Señor concluyó: ‘Mira, estás encinta; darás a luz un hijo y lo llamarás Ismael, porque el Señor te ha escuchado en la aflicción’. En la semejanza se manifiesta también la diferencia. El anuncio del ángel a María tiene antecedentes en el AT, pero sólo en la forma externa y reducido el contacto a lo mínimo. Analizando el contenido y, sobre todo, el contexto, descubrimos lo especial de Lucas 1,31. Las situaciones en nada se parecen. Jesús no nace en medio de un conflicto familiar ocasionado por celos de mujeres (Génesis 16,11). Tampoco es regalo de Dios a una pareja estéril (Jueces 13,2-4); o bien, según leemos en Isaías 7,14, signo enviado por Dios a un rey que desconfía de él, para asegurar la sucesión de David. El ambiente en que es anunciado y nace Jesús es descrito desde el principio por los evangelios, sobre todo Mateo y Lucas, como pura iniciativa divina.

  • Con Jesús

La palabra ‘ángel’ aparece 175 veces en el Nuevo Testamento, de las cuales el 95 por ciento, o más, se refiere a personajes del cielo y no a mensajeros ordinarios. Sea suficiente citar tres ejemplos de relación explícita con Jesús. El primero, Mateo 28,5: ‘El ángel dijo a las mujeres: No tengan miedo. Ya sé que buscan a Jesús, el crucificado’. Imposible reconocer al resucitado sin la ayuda del cielo, representado por el ángel. Gracias a él se da la identificación, en la que también hay un proceso, pues no todo se comprende en el instante (Mt 28,8). Algo parecido observamos en Juan 20,12: ‘María vio dos ángeles vestidos de blanco sentados uno a la cabecera y otro a los pies, en el lugar donde había sido colocado el cuerpo de Jesús’. Los ángeles preparan a María para el encuentro personal con Jesús resucitado, que se da a continuación (20,14-18). Al mismo tiempo que se revela, el mundo trascendente proporciona a la persona humana lo necesario para el intercambio de palabras y de signos. Citemos un tercer caso, Lucas 2,21: ‘Al cumplirse los ocho días, cuando tocaba circuncidar al niño, le pusieron el nombre de Jesús, como dijo el ángel antes de su concepción’. El narrador da testimonio de que los padres de Jesús obedecieron la orden del ángel al darles el nombre que llevaría el niño, a José según Mt 1,21; y a María según Lc 1,31. Los ángeles son los intermediarios normales entre el mundo divino y el humano, como vemos desde el principio de la Escritura.

  • Con María

La relación de los ángeles con María cuenta con menos testimonios, por razones obvias. De ella no se habla tanto como de Jesús. Sin embargo, mencionemos tres ejemplos de los más explícitos; el primero, Mateo 1,20: ‘Mientras pensaba en esto, se le apareció en sueños el ángel del Señor, y le dijo: José, hijo de David, no temas llevarte contigo a María, tu esposa, porque el niño que lleva en su seno viene del Espíritu Santo’. El ángel habla con José, pero acerca de María, para mantener la unidad del matrimonio. En la revelación a María (Lc 1,26-38) el ángel es citado tres veces dialogando con ella. En los dos, José y María, el ángel encuentra disposición total para colaborar en el cumplimiento de la voluntad de Dios, aunque la forma sea diferente, silenciosa en José y explícita en María.

Lejos de parecer extraño, lo más lógico es ver los ángeles en el icono de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, pues ellos son personajes presentes en la tradición escrita, desde el comienzo hasta el fin (Génesis 16,7; Apocalipsis 22,16). Sin su intervención no hubiera sido posible comprender cuanto se refiere a Jesús y a María.

Según Mateo 1-2, apenas nacido, Jesús ya está en conflicto, y conflicto de muerte, porque Herodes lo quiere matar (Mt 2,13). ¿No es esto experiencia de pasión? El niño tiene que ser protegido por la divinidad (Mt 2,13), pues José es demasiado débil para enfrentarse solo con Herodes. El Señor no pone en riesgo la vida del mundo cediendo al capricho de Herodes, que ve en Jesús un rival.

En Lucas 1-2, Jesús experimenta la pasión de otra manera, siendo niño. Sus padres tienen que hacer un penoso viaje de Nazaret a Belén, estando ella embarazada. Su sufrimiento se completa al dar a luz en un pesebre, por no haber lugar para ellos en la posada. Igual que en Mateo, los padres de Jesús sufren la pasión por él. Lucas, en cierto sentido, acentúa más que Mateo el aspecto doloroso de la infancia de Jesús. Pensemos en las palabras de Simeón (Lc 2,25-35). Él dice que el niño será causa de confrontación de los hombres con Dios y de los hombres entre ellos. Es un modo de decir que el conflicto marcará toda la vida del niño. A María le dice: ‘Una espada atravesará tu alma’ (Lc 2,35). No puede ser más explícita la alusión a la pasión.

En Juan 19,25-27 leemos cómo María contempla la muerte de Jesús. En efecto, una espada atraviesa su alma (Lc 2,35). La pasión de Jesús recorre, en realidad, toda su vida. La tensión entre él y el mundo va de menos a más, hasta terminar en su crucifixión.

Oración

Madre del Perpetuo Socorro, más que contemplar tu icono como expresión de arte, lo cual nunca deja de cautivarnos, quisiéramos comprender muy bien su significado, pues una cosa es admirarlo igual que tantos objetos que atraen nuestra atención; y otra, valorar suficientemente lo signos de fe que lo forman. Queremos que nuestra vida sea retrato fiel de la tuya, a la vez auténtico retrato de la de Jesús. Sabemos que nos falta mucho, pero en este propósito deseamos mantenernos, sin que nos domine la corrupción del mundo, que convence a tantos con enorme facilidad. Tú, acompañando siempre, y muy de cerca, a Jesús, compartiste su pasión desde el comienzo hasta el final de su vida, haciendo efectivas las palabras de Simeón (Lc 2,35). Enséñanos a amar el sacrificio exigido por la evangelización del mundo, puesto que no tiene otro camino de salvación prescindiendo de ti, que llevas el nombre (Perpetuo Socorro) de lo que es él para todos los habitantes de la tierra: socorro, misericordia, salvación.

Hay una relación de oposición entre Jesús como Rey y los reyes de este mundo, que gozan humillándolo. ¿Por qué alargar la tortura si Jesús ya estaba sentenciado a muerte (Mt 27,26)? Lo más natural hubiera sido llevarlo inmediatamente a la crucifixión (Mt 27,31). La escena de la burla (Mt 27,27-30 y paralelos) no es exclusiva de la pasión de Jesús. Es frecuente que los verdugos gocen viendo sufrir al condenado. En el caso de Jesús, la descripción de su tortura tiene la finalidad de explicar al lector la peor degradación de la humanidad, que se convierte en juez del Señor que le ha dado la vida. De esta manera, el juzgado por ella como reo de muerte aparece luego triunfante, invirtiéndose de tal manera los papeles que, resulta cierto lo que antes se decía y hacía como burla: Jesús es el verdadero y único Rey, que está por encima de la muerte. Lo exclusivo de la corona de Jesús es que nunca antes, en el Antiguo Testamento, se ha citado una corona de espinas.

Todos los sentidos figurados positivos antes mencionados se concentran en la corona de Jesús, que da razón de la corona en la cabeza de su madre. Fuera de él, sin excepción, todas las coronas puestas por el mundo son símbolo de prepotencia y despotismo. La corona de Jesús alcanza el máximo significado cuando él está en su peor degradación humana como rey, o sea en el momento menos esperado. Es un rey paradójico; pero, por fortuna de la humanidad, no hay otro. En la cabeza de Jesús, la corona tiene sentido propio y figurado; es real y simbólica. En María, la corona es más simbólica que real, o sea que domina en ella el sentido figurado.

El significado real y figurado de la corona también existe entre nosotros, pues tenemos expresiones idénticas o parecidas a la de Job 19,9: ‘El Señor me ha despojado de mi honor y me ha quitado la corona de la cabeza’ (19,9). Con éstas u otras palabras, lo decimos cuando perdemos algo o a alguien muy estimado. Lo mismo sucede con el sentido real, porque la corona de Jesús concentra los dos sentidos, por ser física y simbólica. Nadie tan humillado como él y, al mismo tiempo, nadie tan poderoso. Su forma de aceptar la corona nos muestra la manera de sufrir a causa del amor a Dios y a nuestros hermanos; nos anima en nuestro apostolado misionero haciéndonos contemplar la gloria que nos espera. La experiencia de Jesús soportando la corona no tiene paralelo, ni gramatical ni figurado. Además, en la experiencia suya se inspira la corona de María compartiendo, fundamentalmente, su sentido.

Oración

Señora, todos, o muchos, quisiéramos llevar corona, pero eliminando el aspecto doloroso que representa. La ambición de grandeza nos hace pensar y cometer muchas acciones injustas, en perjuicio del prójimo. Sólo queremos gozar y vivir sin que nada nos cueste. Es la ideología que ha llenado todos los espacios de las personas y comunidades. Ayúdanos a conocer y asimilar el sacrificio sin el cual no puede haber gloria, ya que Jesús es el modelo exclusivo de nuestra perfección humana. Que no sintamos envidia de la corona ficticia de los poderosos del mundo, con frecuencia no ganada a base de méritos, sino robada a quien debería llevarla, pues nos has enseñado que el servicio desinteresado es la única forma de hacernos amigos tuyos y compartir tu victoria sobre el pecado y la muerte. Los modos ordinarios del mundo, donde el poder se consigue humillando a los débiles, en nada se parecen a los inspirados en la vida de Jesús. Deseamos imitar tu estilo, idéntico al de tu Hijo. No nos dejes solos en este intento. Eres la que nos ha impulsado a hacerlo propio. Danos, pues, fuerza para lograrlo.

La hermosura de las piedras representa la hermosura y valor de la vida ante Dios. Alternando escenas en la tierra y en el cielo, el autor nos hace contemplar la alegría en el cielo (Apocalipsis 19). Estando en el cielo, la esposa del Cordero no puede llamarse ‘novia’ (nímfe) sino esposa, porque ya es su mujer (giné). Esta mujer es la comunidad de Jesús, preparada por él, regalándole el vestido de lino esplendente, símbolo de las buenas acciones de los cristianos. El autor introduce, entre paréntesis, esta exhortación a una vida agradable a Dios: ‘El lino representa las buenas acciones de los santos’ (19,8). Por ‘buenas acciones’ se entiende todo lo que da gloria a Dios y sirve al progreso de las personas. Si este objetivo no se cumple, estamos sirviendo al demonio y a la muerte, atrayendo maldición y destrucción en vez de bendición. La vida presente es oportunidad irrepetible para preparar la entrada a la nueva ciudad, al banquete del Cordero, invitados por él.

Madre del Perpetuo Socorro, que pensemos mucho en la riqueza del cielo, al contemplar tu adorno con piedras preciosas.  Ojalá nunca olvidemos que, precisamente por su hermosura, no podemos pasar por la puerta de la nueva ciudad llevando vestido sucio e indigno de la fiesta. Sólo con verlas nos sintamos exhortados a una vida pura, perfecta y santa, a semejanza de Dios y del Cordero. Toda clase de pecado mancha el vestido blanco que nos regaló Jesús al ser bautizados. Madre nuestra, que podamos conservarlo blanco y limpio para estar en la fiesta del cielo (Ap 3,5), haciendo todo y sólo lo agradable a Dios, siguiendo el ejemplo tuyo, que es el de Jesús.

La vida y la luz de los tres astros principales, el sol, la luna y las estrellas, es tan conocida por los habitantes del mundo, que es puesta como base para explicar el destino final de buenos y malos. Describiendo la suerte de los enemigos del reino de Dios, Judas los compara con estrellas fugaces que acabarán en la oscuridad (1,13). Los impíos pecadores ya están sentenciados a muerte por el Señor, sin esperanza de vida. La comparación con estrellas fugaces se explica por oposición a las estrellas fijas, con luz permanente, símbolo de los justos.

Una estrella anuncia la llegada del salvador (Números 24,17) y lo da a conocer en su nacimiento (Mateo 2,2). Sin el aviso del cielo, la humanidad jamás lo hubiera conocido. Jesús, el Cristo, es el centro absoluto de la creación. Él lo demuestra teniendo en su mano derecha siete estrellas (Apocalipsis 1,6), signo de su poder sobre el mundo material y, en especial, sobre su nueva familia, a la que brinda confianza y seguridad en medio de la tribulación. Promete una recompensa a los que venzan la tentación, y tal recompensa es una estrella (Ap 2,28), que al final coincide con él (Ap 22,16): él es la recompensa. Con la estrella en la frente, la Virgen muestra su exclusiva relación con Cristo Jesús, del cual es madre y discípula a la vez. Todos gozamos de la fraternidad con Jesús y de la maternidad de María, pero no en el mismo grado. La relación entre ellos es privilegio único.

Oración

Madre del Perpetuo Socorro, estando en el cielo estás igualmente cerca de nosotros, lo mismo que la luz del sol, la luna y las estrellas, ejerciendo sobre nosotros tu influencia siempre positiva, pues no dejas de orientar nuestra vida hacia Jesús. Así como los tres astros son citados juntos muchas veces, por ser los más visibles representantes de la vida, tú eres inseparable de Jesús como él de ti. Llevas en la frente una estrella y él también se identifica con una estrella (Ap 22,16). En consecuencia, esta comunión de luz y de vida no puede ser más perfecta. Nosotros compartimos esa luz, y somos llamados ‘estrellas’ (Ap 1,20), nombre que adelanta el lugar que nos tienes reservado en el cielo, junto a ti y junto a Jesús.

Sabemos muy bien que podemos perder el nombre de ‘estrellas’, quedándonos sin la luz de la gracia procedente del cielo. Y esto no es sólo posibilidad; es experiencia real en nuestra vida. No queremos ni acordarnos de las veces que hemos perdido el rumbo y hemos tomado como nuestro sol o nuestra estrella las cosas, personas o ideas de la tierra, que hoy viven y mañana mueren, porque las han impuesto los que carecen de la luz segura y permanente (Judas 1,13), por estar demasiado apegados a los bienes de abajo (Colosenses 3,1). Danos, Señora, claridad mental suficiente para no dejarnos guiar por cualquier estrella, sino tener la vista fija en la luz descendente del cielo, concentrada en la palabra y signos de Jesucristo, fuera del cual existe solamente el dominio de las tinieblas, del pecado y de la muerte. Que jamás seamos como las estrellas que se han apagado; al contrario, seamos como los astros cada día más poderosos, que transforman todo con su luz.

  • Amarillo

El color amarillo que sirve de fondo a la imagen del Perpetuo Socorro es símbolo del sol, de la luz y de la vida, tres elementos inseparables, porque representan lo primero que hace Dios al revelarse: crear vida, transmitirla, comenzando con la creación del mundo, por medio de su palabra, Jesucristo, medio y objetivo de la misma creación; medio, porque él fue la palabra pronunciada al principio (Génesis 1,3a) para que todo viniera a la existencia. María no es preexistente como Jesucristo, palabra de Dios; pero él pensó en ella desde que Adán pecó. El sol, apenas creado (Génesis 1,3.15-18), se convertiría en su vestido (Apocalipsis 12,1), por ser el máximo símbolo de la vida y de la luz.

  • Rojo

¿Por qué es rojo el vestido de la Virgen? La respuesta está prácticamente toda en el Nuevo Testamento. El color del vestido es ‘rojo’ por ser símbolo de ‘vida’, ‘sangre’, ‘fuego’, ‘Espíritu Santo’. El simbolismo bíblico del color ‘rojo’ coincide con el nuestro. Significa vida, sangre y fuego; sobre todo, es símbolo del Espíritu Santo, autor de la vida. Él comunica la vida a María haciendo fecundo su vientre, para que de ella nazca Jesús, nuestro redentor.

Lo leemos en los evangelios. Los más explícitos son Mateo y Lucas, en los relatos de la infancia (Mt 1-2; Lc 1-2). En el vestido rojo de la Virgen del Perpetuo Socorro, el simbolismo cromático se ha puesto al servicio de la teología, porque tiene un vestido que simboliza la vida, es decir, la sangre de Jesús, su Espíritu y sus sacramentos, en especial la eucaristía (Juan 6).

  • Verde

El verde del manto de la imagen del Perpetuo Socorro expresa un simbolismo totalmente bíblico. María lleva el color que ninguna otra mujer puede llevar, porque es exclusiva su relación con Dios, generador de vida comunicada al mundo por medio de la madre preparada por él desde la creación del mundo (Génesis 3,15). No es casualidad el color verde del manto de la Virgen del Perpetuo Socorro. Los textos bíblicos concuerdan en que el significado normal del verde es la vida, por su relación con la hierba, los árboles y el alimento que proporcionan. El texto más explícito es Génesis 1,30, al que hacen referencia los evangelios, en especial Marcos 6,39 y Juan 6,10.

El sustantivo ‘sandalia’ (ipódema) es un contacto general entre el Antiguo y Nuevo Testamento. Tienen especial importancia los pasajes de Deuteronomio 25 y Rut 4, por ser los que nos proporcionan la interpretación correcta de la sandalia colgando. El primero (Deuteronomio) es la legislación de Moisés, dada al pueblo por mandato del Señor; el segundo (Rut) es un caso concreto, resuelto felizmente. El detalle de la sandalia tiene que ver con ambos testamentos; con el Antiguo, porque encontramos la explicación de su significado (Deuteronomio y Rut); con el Nuevo, por su relación explícita con Jesús y con María. Jesús jamás duda de su misión, conociendo su aspecto doloroso. Siente temor cuando llega el momento, pero no vacila. Al contrario, pide a su Padre que se haga su voluntad (Mt 26,39). Hay aceptación consciente, libre y amorosa del plan de Dios sobre él. Jesús dice muchas veces que su mayor satisfacción consiste en obedecer a su Padre. Y esta sumisión a su voluntad se expresa de modo explícito cuando es más urgente: en el momento de la pasión y muerte.

La imagen del Perpetuo Socorro presenta a Jesús niño y adulto; niño, porque está en brazos de su madre; adulto, porque contempla los signos de la muerte que le espera, símbolos de su vida entera, vivida como pasión por su enfrentamiento con el pecado del mundo, sobre el que triunfa a medida que lo denuncia y perdona, hasta llegar a la expresión máxima de este triunfo: su resurrección personal, garantía de la nuestra. La palabra ‘alianza’ recorre la Escritura completa, desde el Génesis (6,18) hasta el Apocalipsis (11,19), cargando el acento de su importancia en pasajes como Éxodo 19-24 y, en el Nuevo Testamento, los relacionados con la eucaristía (Mt 26; Mc 14; Lc 22; Jn 6). Hay cantidad de alianzas humanas y todas se caracterizan por lo mismo: la defensa de los intereses del más poderoso. La alianza de Dios con nosotros, siendo alianza entre desiguales, nos tiene como beneficiarios, porque a él nada le falta. La iniciativa ha sido suya y se mantiene fiel a esta alianza hecha con nosotros a través de Jesucristo, que la acepta desde niño dejando caer la sandalia.

‘Madre de Dios’

‘Madre de Dios’

El nombre (IS XS) del niño
(Iesóus Xristós): Jesucristo

El Arcángel Gabriel

El Arcángel Miguel

Cruz

Esponja y Lanza

Corona de la Madre

Corona del Hijo

Piedras preciosas

Estrella en la frente
de la Virgen
Amarillo (sol): signo del amor
de Dios que no discrimina

Rojo (pir): fuego

Verde: símbolo de vida
o de muerte
La sandalia (ipódema)
cayéndose